
A la hora de escribir acerca de ciertos artistas que creo que cambiaron una escena y dejaron una huella que se perpetuó en el tiempo, me pregunto qué debemos agradecerles. No son muchos los nombres que vienen a mi mente cuando pienso en eso. Sin embargo, en el caso de Margarita Paksa hay muchas aspectos a tener en consideración, como el hecho de que alentó la fusión entre el arte y la tecnología, en un momento muy incipiente, así como su mirada con respecto a las cuestiones sociopolíticas que afectaron su tiempo, como su participación en Tucumán Arde o su trabajo su trabajo en relación al rechazo a la guerra de Vietnam, además de su faceta como docente e investigadora y como su legado abrió caminos para futuras generaciones de artistas mujeres, algo de lo que quizás no fue consciente (escribo este a pesar de que muchas artistas de su edad rechazaban categorizaciones en base a su género). Con pie siempre en el futuro, Paksa se adentra a estudiar materiales y técnicas poco habituales, creando un cuerpo de obra heterogéneo pero constante en sus 88 años de vida.
Esas oscilaciones en su producción --entre esculturas, instalaciones, arte sonoro, dibujos, pinturas y más-- definieron la identidad de su carrera única en el campo nacional. Fue pionera del arte conceptual, la fusión del arte y la tecnología, investigó materiales poco habituales como el metal a comienzo de los '60, influenciada en un comienzo por el Informalismo que por entonces lo dominaba todo y luego el acrílico y las luces de neón. Pensó en el arte desde la política, la performance, la experiencia del espectador y la pedagogía, balanceándose entre lo más radical y lo más sutil para hacer de su trabajo una puerta hacia el futuro o un refugio entre los parámetros clásicos de las artes visuales, como su serie de pinturas de flores, inspiradas en Georgia O'Keeffe, que lejos están de la Margarita conceptual y política, o quizás no tanto.
En esos emblemáticos años '60 estuvo vinculada al Instituto Di Tella, aunque no es una de las artistas más mencionadas cuando se habla del semillero de la vanguardia más importante del momento, cuando el arte en Argentina vivía una era de esplendor revolucionario que no volvió a repetirse. En medio de esa ebullición estética, poética y política, Paksa hizo algunas de sus obras más importantes cuando participó de Experiencia '67 y '68 —el año de mayor ruptura, donde la censura y, a modo de respuesta, la defensa de los propios artistas, marcó un jaque en el sistema—. En esas dos ediciones presentó primero "500 watts-4.635 ciclos-4,5 kilociclos", una instalación participativa donde el público generaba sonidos en una sala a oscuras al ser expuesto a células fotoeléctricas, y "Comunicaciones", donde dos cuerpos dejaban sus huellas en un gran arenero como símbolo de la existencia, mientras de fondo sonaban dos discos, uno describía un ambiente mientras el otro emitía los sonidos del placer.
"Margarita Paksa. Ideas correspondientes 1964-1984", que cuenta con la curaduría de Nancy Rojas, introduce a la artista fallecida en 2020 a los 88 años a una nueva generación, presentando temas que eran fundamentales en su producción como la dualidad, los contrastes, las ausencias, las presencias y la participación durante un período crucial de dos décadas de producción. Paksa regresa a un contexto institucional, después de su retrospectiva en el Museo de Arte Moderno en 2012 y la muestra "Hacia un arte revolucionario", que inauguró una década más tarde en el Centro de Artes de la UNLP, donde desarrolló parte de su extenso camino en la docencia, convirtiéndose en un referente para muchos jóvenes artistas.
Un año antes de esas experiencias en el Di Tella antes mencionadas, Margarita creó una de las obras que se destacan en las salas de Malba, "El rey y la reina", realizada en poliéster y fiberglass, donde se evidencia su estudio de materiales novedosas, así como también se refleja su inquietud por la dualidad, la corporalidad, la sensualidad y el cuerpo, aspectos que reaparecen en 1968 y en muchas ocasiones más, en este caso figuras deshumanizados pero con detalles como las dos grandes esferas rojas de la reina. La presencia del cuerpo de manera simbólica, sutil o literal aparecerán una y otra vez con recursos que pueden parecer imperceptibles, como el reflejo, pero que son muy importantes para conectar y darse cuenta de que uno está vivo.
Algo similar sucede con su trabajo de tinte político en el sentido de que Margarita nos ancla a la realidad para alertar y nos obliga a reflexionar sobre eventos como el Mayo Francés, que la dejó descolocada e incluso dudando si valía la pena seguir haciendo arte, la guerra de Vietnam, la dictadura en Uruguay y en nuestro país, que incluso afectaron su vida cuando un día fueron a buscarla a su casa y tuvo que escaparse junto a su marido y dos hijos. Las obras que aluden a esos temas aún son relevantes a pesar del paso del tiempo, así como también nos muestras que formó parte de una generación golpeada pero muy comprometida y consciente de que el arte era un vehículo de protesta y comunicación. No daba igual hacer o no.
Tan en serio asumieron ese lema, que el 1968, un año de profundo conflicto y ruptura para la escena cultural, junto a un grupo de artistas entre los que se encontraban Roberto Jacoby, León Ferrari, Juan Pablo Renzi y Noemí Escandell entre muchos otros, llevaron a cabo la acción "Tucuman Arde", que lejos de entender la producción artística como un hacer individual y con fines decorativos o de placer, diseñaron acciones urbanas y muestras en sedes sindicales de Rosario y Buenos Aires, denunciando lo que la dictadura de Ongania y en consecuencia la mayoría de los medios de comunicación ocultan, sobre la situación extrema del hambre en la provincia de Tucumán a partir de conflictos con las azucareras. Otro ejemplo es "Homenaje al Vietnam de los artistas plásticos", la muestra organizada por Ferrari y Carlos Gorriarena en 1966, que reunió a más de doscientos artistas para protestar contra la guerra, donde Margarita presentó obras que pueden verse sobre las paredes del Malba.
Todo esto sucedió en una Buenos Aires inigualable, que deslumbraba a personas de todas partes del mundo y de la cual el legendario crítico Pierre Restany diría, fascinado por la nueva efervescencia de la ciudad en 1965: "Nuestra civilización de la imagen nos había destinado a un profundo desgaste del ojo. He aquí una nueva fiesta para nuestros sentidos, otro nivel de la comunicación. En este estado, la misma naturaleza de la morfología de base se esfuma ante la calidad y la efectividad de la participación."
Fue tanto lo que hizo Paksa que resulta complejo comprimirla en pocas palabras. Fue investigadora, docente, diseñó muebles, experimentó con lo inusual. Ganó múltiples premios y becas, entre ellas la Beca Guggenheim, su obra fue adquirida por museos e instituciones prestigiosas de todo el mundo. Fue constante con su mirada sobre lo que el arte debía ser, sin miedo a frenar, correrse, cambiar y explorar caminos disímiles sin perder su identidad. En una de las tantas notas que se publicaron tras su fallecimiento, la artista Gachi Hasper resumía lo que Margarita había significado, al referirse a una muestra que organizaron en 1996 en el Centro Cultural Recoleta, la primera que reunía un elenco de artistas íntegramente compuesto por mujeres: “Cuando la organizamos, fuimos a buscar a Margarita como a una de las referentes. Y no solo nos apoyó, participó como una más. Desde ese momento quedamos cercanas. Hay un abismo de generaciones, pero era super accesible y muy inteligente. También sufrida. El mercado y la Argentina la ignoraron bastante. Me alegra que, aunque tarde, haya tenido su reconocimiento”.
Si es verdad que el mercado y la historia del arte por momentos no le dieron un merecido reconocimiento, no podemos negar que el fuego de Paksa está lejos de apagarse. "Lo fundamental es estar despierta y vivir. Creo que es lo principal, ¿no?", afirmaba en un video, donde presentaba una simple certeza. "Si uno es consciente de que está viviendo y haciendo eso que a uno le gusta saber hacer, es lo mejor que podemos hacer. Aprender a aceptarse".





