
Más que estilos o identidades compartidas, lo que parece emerger en la literatura latinoamericana contemporánea es un clima común: una forma de escribir desde la incomodidad, donde la experiencia personal, la memoria y lo real no terminan de fijarse. A partir del Hay Festival de Cartagena, una reflexión sobre ese espacio donde la escritura no ofrece respuestas cerradas, pero tampoco deja de insistir.
Durante varios días escuché a escritores iberoamericanos hablar de cosas muy distintas. Y, sin embargo, algo volvía. No se anunciaba como tema ni se formulaba como consigna, pero atravesaba conversaciones, paneles y géneros como un murmullo difícil de apagar: la memoria, la violencia, el amor, la experiencia personal, la dificultad de nombrar una verdad sin reducirla.
No como un acuerdo —mucho menos un programa— sino un clima. No tanto aquello de lo que se habla, sino desde dónde. Una manera de pararse frente a lo real que aparecía incluso en el desacuerdo. Como si, más allá de las diferencias estéticas o generacionales, ciertas preguntas se hubieran vuelto inevitables: ¿qué se puede escribir hoy?, ¿desde dónde?, ¿con qué costo?
Escuchar múltiples voces en el marco del Festival de Literatura de Cartagena, funcionó menos como una experiencia de cobertura que como un punto de partida: una oportunidad para detectar una forma compartida —aunque no homogénea— de estar hoy en la escritura desde América Latina.
¿Existe entonces una sensibilidad literaria latinoamericana contemporánea? No en el sentido de un estilo común ni de una identidad cerrada, sino tal vez como una insistencia: un conjunto de preocupaciones que reaparecen incluso cuando las poéticas, los géneros y las posiciones no coinciden.
Esa tensión se volvió visible en la pregunta por el lugar del yo. En una conversación entre Javier Cercas y Leila Guerriero, la posición subjetiva fue motivo de fricción. Mientras Guerriero defendía la distancia y cierta opacidad del escritor en el texto, Cercas insistía en escribir siempre desde sí mismo. “Yo hablo de mí porque es lo que más cerca me pilla”, dijo, citando a Miguel de Unamuno. No se discutían estilos, sino riesgos: qué se expone —y qué se pierde— cada vez que se escribe.

La experiencia personal aparece entonces no como centro, sino como umbral. No como confesión ni como garantía de verdad, sino como germen. Algo vivido, visto o recordado pone en marcha la escritura para usarlo como pasaje. El movimiento es hacia afuera: desde lo aparentemente particular hacia algo que excede la experiencia individual. “Somos gente que escribe sobre determinadas realidades, pero justamente estas funcionan como ventanas hacia temas universales”, señalaba el autor cubano Leonardo Padura.
Ese desplazamiento —del detalle mínimo a una resonancia más amplia— parece uno de los gestos más persistentes de cierta literatura latinoamericana contemporánea. Contar poco para decir mucho. Tomar un fragmento —una historia mínima, un vínculo, un cuerpo— y, desde ahí, rozar algo que no pertenece solo a quien escribe, sino a cualquiera que haya crecido en este continente.
Algo de eso apareció con claridad al hablar de Los espantos de mamá, el último libro del autor colombiano Gilmer Mesa. Aunque situado en Medellín, el relato desborda rápidamente su geografía: la historia de una madre que busca a sus hijos desaparecidos no necesita demasiadas coordenadas para volverse reconocible.
La apuesta no está en la acumulación ni en el retrato exhaustivo de lo real, sino en la intensidad de un recorte. Como si lo íntimo funcionara menos como refugio que como método: una forma de acceder a lo común sin diluirlo, de hablar de lo colectivo sin borrar la singularidad.
Esa búsqueda convive con una conciencia clara: la realidad siempre desborda a los libros. Ninguna obra alcanza a decirlo todo. Pero lejos de producir parálisis, ese límite parece operar como un motor. Tal vez de ahí la insistencia en textos extensos, en formas híbridas, en escrituras que no buscan clausurar un tema sino rodearlo, volver sobre él, mirarlo desde distintos ángulos.

En ese sentido, la circulación entre géneros aparece menos como una excepción que como una práctica extendida. Crónica, ensayo, autobiografía y ficción se contaminan entre sí, no tanto por una decisión programática como por la dificultad —o la imposibilidad— de pensar lo real desde una sola forma. Muchos de quienes escriben libros escriben también para medios periodísticos, y ese tránsito no se vive como una tensión, sino como parte del mismo gesto de escritura.
Y si se habla de escritura latinoamericana, hay un concepto que aparece de manera persistente: la memoria. No como sinónimo de verdad, más bien como un territorio inestable, atravesado por versiones, silencios y omisiones. Recordar no garantiza esclarecer. Y, sin embargo, sigue siendo un punto de partida ineludible, incluso cuando se sabe que no alcanza.
La violencia —policial, estatal, histórica— y la figura de los desaparecidos dan cuenta de un trasfondo común. A veces como tema explícito, otras como horizonte implícito. Incluso cuando no se los nombraba, estaban ahí: en los cuerpos, en las historias familiares, en la dificultad persistente de cerrar el pasado.
Tierrilla en el piso. Un cuadrado negro. Una mesa, una computadora abierta que aporta noticias violentas que podrían pertenecer a cualquier día. La escena es austera y, al mismo tiempo, potente. En el centro del escenario, una mujer busca a su hermano. Busca un cuerpo desaparecido.
En Antígona González, Marina de Tavira encarna a Sandra González, pero pronto el nombre deja de importar. Podría llamarse de cualquier otra forma. Podría estar en cualquier otro país latinoamericano. La búsqueda sería la misma. Los datos se acumulan, los testimonios se contradicen, el archivo crece y, sin embargo, el vacío persiste.

En ese gesto obstinado —seguir buscando cuando ya no hay garantías— la obra de teatro formula, casi sin decirlo, una intuición precisa: la Antígona de Sófocles no pertenece solo al mundo clásico. Es, también, una tragedia latinoamericana. No como símbolo, sino como experiencia compartida. No hay aquí una verdad revelada ni una certeza que cierre el sentido. Lo que se impone es otra cosa: la insistencia en una pregunta que no se resuelve. Entre el relativismo absoluto y la certeza cerrada, la literatura parece encontrar su lugar en ese espacio incómodo de la duda.
Después de días de conversaciones, el unipersonal no vino a sumar información nueva. Confirmó, en otro lenguaje, una percepción que ya estaba en el aire. Los mismos fantasmas reaparecen, desplazados ahora a la escena. Situada en México, la pieza teatral funciona sin embargo en toda América Latina. No por abstracción, sino por reconocimiento. Las experiencias que pone en juego son compartidas, incluso cuando los contextos varían. La literatura —en prosa o en escena— vuelve una y otra vez a ese punto: el de una pérdida que no termina de resolverse.
Las conversaciones escuchadas en Cartagena no ofrecen una respuesta definitiva. Tampoco parecen buscarla. Más bien insisten en sostener ciertas preguntas, aun sabiendo que no se resolverán del todo. En esa negativa a cerrar, en ese modo de volver una y otra vez sobre los mismos núcleos sin convertirlos en fórmula, tal vez se juegue algo reconocible.
No una sensibilidad entendida como estilo o identidad, sino como una forma de estar en la escritura: atentos al peso de la historia, conscientes del límite del lenguaje, dispuestos a seguir preguntando incluso cuando las respuestas se vuelven inciertas. No porque falte claridad, sino porque hay experiencias que no admiten clausura.