
El papá de Marcelo Canevari deambulaba por el Museo de Ciencias Naturales inquieto, observaba a los seres que habitaban el planeta y quería dedicarse a eso. Necesitaba compartir de una manera especial sus conocimientos y se animó a pintar su universo de estudio y de manera autodidacta se convirtió en un ilustrador científico. Su hijo creció en ese ecosistema y se unió él, ambos pintaban el mundo natural, pero a él, un día, le sucedió como a su padre: tenía una inquietud que iba más allá.
Paralelamente, y de una manera casi complementaria, Ornella Pocetti estaba segura de lo que quería ser y le comunicó a su madre psicóloga y a su padre albañil y electricista que iba a ser artista. “Mientras estudies una carrera, está bien”, le dijeron. Así ella avanzó en el Instituto Universitario Nacional del Arte (hoy UNA), pero abandonó la carrera, cosa que no simpatizó a su familia, pero estaba convencida de que lo de artista lo construía ella.
En determinado punto de sus biografías, Ornella y Marcelo se encontraron, vieron películas de terror, escucharon las canciones de Julio y agosto. Durante un paseo él recibió una golpiza en la calle sin ningún motivo. La pareja empezó a buscar ayuda médica por diferentes hospitales públicos que aquel feriado por el 25 de mayo no contaba con personal, lo que profundizó la angustia. Lo imprevisible, lo peligroso como una sentencia, conmovió a Marcelo a un punto tan profundo que se animó a reconocer que él quería ser artista.
“Cuando salí de la internación me di cuenta de que era impostergable, que lo que quería hacer era pintar. Compré una tela gigante y pinté un primer cuadro junto con mi viejo”, recordó Marcelo Canevari sobre su génesis.
Marcelo y Ornella, juntos, pero con sus universos separados, avanzaron con sus pinturas, en él quedan huellas de ese universo naturalista, donde también habita lo lúgubre y Ornella presenta sus escenas entre pesadillescas y sensuales.
De los primeros recuerdos de Ornella respecto a su fascinación por la ilustración aparece el libro Queridos Monstruos de Elsa Bornemann, que en la portada tenía una garra que parecía atravesar el papel. A esto le siguieron los afiches de películas y todo el universo en torno a lo que asusta. Ambos hicieron su carrera, hoy forman parte de la galería COTT, cuentan con varias exposiciones individuales y colectivas en Argentina y en el mundo y son muy militantes de que exista una comunidad de artistas para apoyarse mutuamente.
En ese camino se les ocurrió algo que les brindó una popularidad diferente. Dillom los contactó para pedirles que le hicieran la portada de su álbum Post Mortem, el que lo catapultó. Los artistas se sumergieron en la propuesta y armaron una escena que simbiotiza la estética de los tres. Hoy la obra original pertenece al músico que se las compró como retribución a su trabajo. “Lo que nos pasó mucho, aunque ahora menos porque pasaron unos años, es que nos mandaban los tatuajes que se hacían de la obra”, recordó Marcelo. Una popularización del arte contemporáneo bastante inusual.
El terror en la ficción y las cosas claras en el mundo real
¿Qué los incomoda del circuito artístico?
O.P.: Algo de la informalidad de nuestro trabajo porque tiene tantos matices y reglas veladas, como, por ejemplo, que está mal visto que un artista contacte a una galería, como que hay ciertas reglas de histeriqueo laboral argentino de cómo se trabaja que para mí son muy arbitrarias.
También que haya poca comunicación, incluso entre colegas. Es un bajón y por eso es importante el trabajo colectivo en la gestión. Yo soy muy pro de intentar armar, no sé si un sindicato, pero sí acciones de artistas autoconvocados y que haya algunas referencias para saber que si hacés una muestra te tienen que pagar, que sí o sí te tienen que pagar el flete, que haya reglas inamovibles en el mundo del arte y percibirnos como trabajadores. Siento que eso pasa poco y como artista tenés pocas herramientas para exigir.
M.C.: Creo que hay muchas menos oportunidades que artistas y eso genera cierta hostilidad, obviamente, porque tu par es tu competencia.
O.P.: Nosotros somos muy de entre amigos, o con quien nos pregunte, de colectivizar nuestros precios y porque son así en Argentina, así en otros países, para promover con el propio ejemplo e intentar generar una comunidad artística.
M.C.: También para que se democratice la manera en la que se hacen las cosas. Ya es bastante difícil hacer obra y la batalla interna que significa la creación como para después tener una batalla externa que también es un quilombo. Está bueno compartir cómo se hace un statement, como se aplica a una residencia, etc.
O.P.: Con Marce compartimos cómo hacer un trámite de exportación de obra, que no lo sabe hacer nadie, a veces ni las galerías. A cualquier persona que nos escribe le mandamos el link, le hacemos los papeles y por eso todos nuestros amigos ahora saben exportar obra. Son cosas que hay que colectivizar, así como también es una potencia, porque si lo sabés y no necesitas que te lo haga una galería, te vas guardando herramientas para poder plantarte con ciertos derechos que deben tener los artistas.

Ustedes se declaran fans del terror, ¿hay algo de disfrutar del sufrimiento en eso?
OP: No nos gusta sufrir viendo esas pelis con demasiada tortura, dolorosas, pero está el terror psicológico. Hay muchas cosas que pueden dar miedo.
MC: Igual hay algo de pasarlo muy mal, las vemos y estoy sufriendo, me transpiran las manos.
O. P.: Me gusta consumir arte que tenga algún tipo de oscuridad. Siento que el terror es una manera de canalizar los miedos de la sociedad en esos momentos que salen las pelis o los libros. Miedos pasados o del futuro también si tienen algo de sci-fi, ¿no? Nosotros entendemos el mundo a través de las películas y de lo que leemos. También es una manera de canalizar oscuridades que a veces la gente no quiere ver, pero que también forman parte de la humanidad.
M.C: Nos gusta cuando lo que vemos o leemos nos hace sentir un escalofrío, una cosa que te atraviesa que sabés que te dio en un nervio y después empezás a entender un poco de dónde viene. Te obliga a desmenuzar por qué te afecta a un nivel tan primitivo.
Durante este lapso de conversación, Marcelo y Ornella recomendaron películas recientes que entran en ese mundo de dolor emocional/humano como If I had legs I´d kick you, de Mary Bronstein, autores de ficción como Luciano Lamberti a quién Ornella le ilustró la tapa de un libro, películas de autor como Anticristo de Lars Von Trier y la favorita de ambos, The Whitch, de Robert Eggers. Material que funciona como huellas para saber qué respira su obra o qué transpira.
De estos temas del mundo de lo oculto, del miedo a lo desconocido, del terror, durante la posguerra, surge el surrealismo y ahora parece que hay un revival, incluso hay una exposición que incluye obra tuya Ornella en el MACBA, dedicada al movimiento.
O.P.: Tenemos una teoría. Hace poco nos visitó una amiga que es la directora de un museo de Miami y decía que el arte en Argentina es muy dark. Para mí hay algo, quizás es más del arte porteño, que tiene que ver con el psicoanálisis y la neurosis local que involucra algunas cosas de la pintura y después hay una tradición de literatura y de arte fantástico. El año pasado publicamos un diario que se llamó Gótico del Plata para una muestra que hicimos con Marce y Amanda Tejo Viviani en el Museo Marco, que gira entorno a un ensayo de Julio Cortázar que dice que mucha literatura nacional quedó etiquetada como realismo mágico por la influencia de estar en Latinoamérica y por Gabriel García Márquez, pero que acá tiene mucho más que ver con el terror.
También influye la historia argentina tan sangrienta. Por ejemplo, uno de los primeros relatos de ficción es El matadero y es re gore, ni hablar de la dictadura que vivimos. Y el surrealismo tiene mucho link con el arte político, con lo fantástico y el psicoanálisis. Aunque es un tipo de surrealismo distinto al europeo. Y no sé si hay un revival porque siempre se estuvo trabajando el estilo. Creo que es una línea continua.

Es cierto, pero me daba la impresión de que, además, hay algo de este contexto oscuro que hace que se le vuelva a prestar atención a este tipo de expresión.
O.P.: Eso sí lo veo en el boom de nuevas películas de terror o literatura de terror, porque estamos atravesando un muy mal momento a nivel mundial con las guerras y genocidios que están sucediendo.
M.C. Es muy loco porque uno pensaría que ante una situación de tanta crisis y caos el refugio sería algo más liviano, luminoso y, sin embargo, volvemos a pensar lo que decíamos antes: qué es lo que te hace el terror, de alguna forma te ayuda a procesar las cosas.
O.P.: Y también para la gente que crea, supongo que también necesita canalizarlo de alguna manera.





