¿Qué pasa cuando el teatro abandona el escenario y se mezcla con la vida cotidiana? A partir de los cuentos y poemas de Raymond Carver, Adrián Canale construye una experiencia que desdibuja los límites entre actores y espectadores. Entre conversaciones, comida y situaciones que parecen surgir espontáneamente, la obra encuentra una forma inesperada de convertir lo cotidiano en materia escénica.

—¿Qué querés tomar? Hay agua, vino o cerveza.

La pregunta llega apenas me siento en una de las puntas de la gran mesa en forma de cruz que ocupa todo el espacio. Elijo cerveza y miro alrededor. Los manteles son a cuadros rojos y blancos; sobre ellos se reparten platitos con fainá, aceitunas, tortillas de papa, tomates cherry y maní. Unas chicas se ríen a carcajadas mientras comen y conversan. Me pregunto si serán actrices o espectadoras. Por un momento pienso que la función ya empezó y que ellas acaban de inaugurarla. Pero todavía no.

En Parte de este mundo, de Adrián Canale, esa incertidumbre se mantiene durante buena parte de la experiencia. En esta oportunidad, en Timbre 4 no hay una platea desde la cual observar un escenario que separe a quienes actúan de quienes vinimos a ver. Estamos sentados alrededor de una misma mesa, bajo una luz que nos incluye a todos. Hay libros del autor norteamericano entre los platos, vasos que se llenan y charlas que se superponen. La escena tiene algo de cena entre amigos, aunque todavía no sepamos quiénes son los nuestros.

Una actriz se pone de pie, se apoya contra la pared y recita un poema. Después nos da la bienvenida y nos recuerda que hay más bebida por si queremos servirnos. La pieza comienza sin ceremonia, como en cualquier reunión en la que alguien toma la palabra y los demás hacen silencio para escucharlo. Durante los siguientes setenta minutos, los actores cuentan historias, se desplazan alrededor de la mesa, comen y beben. La actuación no interrumpe la escena compartida: sucede dentro de ella.

Inspirada en los textos de Carver, la obra se detiene en esas zonas de las relaciones humanas donde algo empieza a resquebrajarse. Parejas que ya no saben cómo hablarse, deseos que no encuentran dónde ir, vínculos que se desgastan, vidas alteradas por un detalle insignificante. En este universo, lo decisivo rara vez aparece con estruendo. Alcanza con una frase dicha a destiempo, una conversación que se tuerce o una pregunta que nadie sabe responder. Los personajes comparten espacios y afectos, pero no por eso consiguen entenderse.

La puesta encuentra en esa literatura una forma de avanzar. Los relatos, poemas y canciones se enlazan a través de la conversación, sin quedar reducidos a una sucesión de fragmentos. Cada historia conserva su singularidad y, al mismo tiempo, encuentra resonancias en las demás. El pasaje de un texto a otro no siempre es evidente. Una situación puede prolongarse, dar paso a otra o dejar una pregunta flotando antes de que aparezca una voz nueva.

La estructura combina momentos pautados con improvisación. De un repertorio de entre dieciséis y dieciocho textos, el elenco selecciona cuatro para interpretar antes de empezar cada función. A su vez, cada domingo se presenta un actor o actriz invitada diferente. Esa noche participó Lorena Ascheri. Después de quince temporadas y cerca de novecientas funciones, la obra conserva un margen de variación que evita que cada encuentro sea una repetición idéntica del anterior. La selección, la presencia de un invitado y las reacciones del público modifican el pulso de la reunión. Los actores tienen que estar atentos a lo que cuentan, pero también a las pausas, los desvíos y las respuestas de quienes los rodean.

Estoy pendiente de los libros que quedaron sobre la mesa. Busco Principiantes, mi favorito del autor, y espero que interpreten el cuento ¿Por qué no bailas?. Quiero reconocerlo apenas empiece, como quien identifica los primeros acordes de una canción. No sucede. La espera, sin embargo, modifica mi manera de escuchar: busco pistas, anticipo posibilidades y comparo lo que sucede con aquello que esperaba encontrar.

La disposición del espacio tiene consecuencias que van más allá de acercar a los actores al público. Como la acción se distribuye alrededor de la mesa, no existe un punto de vista capaz de abarcarla por completo. Los intérpretes dan la vuelta, cambian de lugar y se acercan a distintos grupos. A veces una cabeza se interpone justo cuando alguien está diciendo algo importante; desde mi asiento no alcanzo a ver una expresión o una reacción. Tengo que estirar el cuello, conformarme con escuchar o imaginar lo que sucede del otro lado. La proximidad, que parece prometer una experiencia más completa, también impone sus límites. Estamos adentro, pero no vemos todo. Cada espectador compone su propia versión de lo que sucede.

En una de esas escenas mínimas que surgen al margen de los relatos, quiero una aceituna, pero el platito quedó lejos. Miro a la chica que lo tiene cerca, después a las aceitunas y vuelvo a mirarla. Ella entiende, me pasa el plato y sonríe. El intercambio dura apenas unos segundos y no forma parte de la representación. Sin embargo, condensa una de las posibilidades del dispositivo: los espectadores también producen pequeñas acciones, establecen complicidades y modifican, aunque sea fugazmente, la situación compartida.

Escuchar esos relatos entre copas y voces que parecen surgir de una sobremesa cualquiera modifica la relación con los personajes. Sus conflictos dejan de transcurrir en un mundo distante y adquieren una proximidad particular, como si pudieran pertenecer a alguien que tenemos al lado. Esa cercanía, sin embargo, no disuelve el misterio de lo que les pasa.

El mayor acierto del dramaturgo y director está en hacer que el teatro suceda casi sin anunciarse. La tensión dramática se sostiene en las conversaciones, en las pausas y en la manera en que los actores se escuchan y responden, con una naturalidad que nunca termina de borrar la representación. Sentados a la misma mesa, compartimos el espacio y la escucha, aunque cada uno vea y entienda algo distinto. Sin grandes artificios, Parte de este mundo encuentra una forma propia de acercar el universo literario de Carver sin disipar del todo su misterio.