
Entre fábricas reconvertidas, obras cinéticas y artistas argentinos exiliados en París, la Fundación Cherqui guarda una de las colecciones privadas de arte óptico y geométrico más singulares de Europa. Detrás de ese archivo también hay una historia familiar: la de un científico francés que encontró en el arte abstracto otra manera de leer el mundo y la de un nieto que hoy transforma esa herencia en una experiencia compartida.
En las afueras de la capital francesa, dentro de una antigua fábrica farmacéutica transformada en espacio de exhibición, hay obras que solo existen plenamente cuando alguien se mueve frente a ellas. Luces que cambian, estructuras que vibran, superficies que exigen ser recorridas con el cuerpo antes que entendidas racionalmente. En la Fundación Cherqui, el arte óptico y cinético se vuelve menos un archivo que una experiencia.
La historia comenzó en los años 70, cuando Jean Cherqui —científico francés y pionero en la industria de medicamentos genéricos— descubrió casi por azar la obra del artista uruguayo, fallecido en 2010, Carmelo Arden Quin y quedó fascinado por el arte geométrico latinoamericano. Décadas después, su nieto Matt Chetrit continúa ese legado: abre la colección al público, tiende puentes con Argentina y transforma ese patrimonio en una experiencia viva. En diálogo con Zibilia, reconstruye la historia familiar detrás de la Fundación y el vínculo inesperado entre ciencia, abstracción y arte latinoamericano.

La historia de la colección empieza con Carmelo Arden Quin. ¿Qué encontró tu abuelo en ese descubrimiento?
Fue algo muy familiar. Mi tía tenía una galería sobre la vera del Sena, Natalie Seroussi, y organizó una exposición de Carmelo Arden Quin. Mi abuelo fue simplemente para acompañarla pero quedó completamente fascinado con el artista. Ahí comenzó todo: el interés por el arte Madí, el arte geométrico y abstracto. A raíz de eso, empezó a visitar galerías que trabajaban con artistas latinoamericanos porque muchas de las producciones más interesantes alrededor de ese lenguaje venían de América Latina. Muy pronto, ese interés empezó a traducirse en viajes. Fue muchísimo a Argentina, a arteba, a galerías como Van Riel o Del Infinito, siguiendo el trabajo de artistas como Rogelio Polesello, Julio Le Parc, Gyula Kosice o Martha Boto.
¿Por qué creés que conectó tan profundamente con ese tipo de arte?
Creo que tiene mucho que ver con su propia historia. Antes de dedicarse al coleccionismo fue científico durante cuarenta años. Entonces, para mí, el vínculo entre ciencia y arte abstracto surge de un lugar muy natural. Encontraba en esas formas una lógica cercana a la precisión y los sistemas con los que se había relacionado toda su vida.
También hubo un contexto histórico que acercó a muchos de esos artistas a París.
Sí, completamente. Durante los años 70 muchos artistas argentinos emigraron a Francia por la dictadura. Poder conocerlos, visitar sus talleres y conversar con ellos generó una relación muy cercana. París funcionó como un punto de encuentro. Tenerlos cerca hizo que se enamorara todavía más de sus creaciones.

¿Cómo era su manera de coleccionar?
Muy apasionada. Nunca compraba solamente una obra y conectaba con el artista antes que con una pieza puntual porque quería sumergirse en su universo y ahondar en diferentes momentos, formatos y búsquedas. Por ejemplo, de León Ferrari tenemos tanto trabajo gráfico como esculturas. Cuando se jubiló descubrió el arte como una segunda vida y todos los días visitaba museos, galerías o talleres. Le interesaba muchísimo entender cómo los artistas se vinculaban con el mundo. Fue muy cercano al historiador Serge Lemoine, especialista en arte abstracto, y también frecuentaba mucho la galería de Denise René, que apoyó tempranamente a muchos artistas sudamericanos.
La Fundación Cherqui funciona hoy dentro de una antigua fábrica de tu abuelo. ¿Cómo fue transformar ese espacio privado en algo abierto al público?
La casa de mis abuelos ya no tenía lugar para todo lo que él había reunido y mi abuela le dijo que necesitaba encontrar otro lugar para guardar las obras. Entonces, cuando vendió la empresa, transformó una de las fábricas en un depósito. Durante la pandemia, junto a mi esposa y mi abuelo, decidimos abrir el espacio al público. Organizamos una exposición y así comenzó la fundación. Nos dimos cuenta de que era una pena guardar todo eso solo para nosotros. Hoy es un lugar muy vivo, donde recibimos desde escuelas y universidades hasta eventos privados. Aquí suceden cosas muy interesantes porque no necesitás conocimientos previos para conectar sino que muchas veces alcanza con animarse a moverse, tocar y dejarse interpelar.
Hay algo muy físico en la relación que estas piezas proponen con el espectador.
Sí. Algunas necesitan ser tocadas, requieren movimiento y otras solo se activan realmente cuando el cuerpo participa. Y eso sorprende muchísimo al público.
Esa idea del arte como experiencia parece muy central en la Fundación.
Completamente. Queremos que la gente aprenda, pero también que juegue, toque y se mueva. Para nosotros eso es esencial, porque la vida cambia constantemente y el arte también debería hacerlo. Por eso pensamos la Fundación como una experiencia activa y no como un lugar donde el arte simplemente se contempla a distancia. Nos interesa que las personas se animen a interactuar, hacerse preguntas, a sentirse parte de lo que está ocurriendo.

Hoy también estás trabajando para que parte de ese patrimonio vuelva a circular en Argentina.
Sí. Durante muchos años el movimiento fue siempre el mismo: comprar obras en América Latina y enviarlas a París o Nueva York para exhibirlas. Hoy me interesa pensar el recorrido contrario. Que puedan regresar y volver a dialogar con el territorio del que surgieron y por eso, estamos colaborando con distintas instituciones y galerías. Hicimos una exposición de Rogelio Polesello en arteba junto a Del Infinito y también hay proyectos en diálogo con MALBA, Proa y MACBA. No quiero abrir una sede propia acá sino que me interesa más trabajar en conjunto y compartir este acervo que durante tanto tiempo permaneció en el ámbito privado. Siento que este archivo también forma parte de la historia cultural argentina y que de algún modo, hacer circular nuevamente todo eso acá, es continuar la historia que comenzó mi abuelo.
Si tuvieras que elegir una pieza que condense el espíritu de toda esta historia, ¿cuál sería?
Elegiría una histórica de Carmelo Arden Quin llamada Dada. Me interesa mucho porque el movimiento Madí trabaja fuera del marco tradicional. La forma no se “encierra” dentro de un cuadrado ni un rectángulo: es un polígono. Y me gusta esa idea de salir del marco porque siento que la vida también tiene que salir de la zona de confort.