En la última semana de abril se estrenó El diablo viste a la moda 2, la secuela que reúne a su elenco protagónico original (Meryl Streep, Anne Hathaway, Stanley Tucci, Emily Blunt), veinte años después de la primera entrega. Pero, en realidad, su lanzamiento ocurrió antes, a través de eventos e iniciativas que abarcaron toda clase de ámbitos -incluso algunos que hace algunos años habrían sido impensados- y que convirtieron a la película en un acontecimiento antes de que llegara a cines. Repasamos la campaña que desplegó Disney para entender cómo se convirtió en un reflejo de los tiempos actuales.
El objetivo era lograr que el mundo supiera de la existencia de la película, y se cumplió con creces. Por ejemplo, en Estados Unidos se montó un tour en el cual aparecían zapatos de taco rojo gigantes en lugares relevantes y se imprimió una copia física de la famosa revista ficcional Runway. Además, se difundió contenido que hizo hincapié en los vestidos de la película, sus inspiraciones y nombres asociados, como Balenciaga, Armani, Jean-Paul Galtier, Richard James y Christian Dior.
Disney reunió a una gran cantidad de socios promocionales, con marcas como Coca Cola (que montó una campaña vinculada a frases emblemáticas del film original, como “eso es todo”), Google, Dior, Lancome, Mercedes, Starbucks y Tiffany. Pero el toque final fue una serie de eventos en sitios que normalmente no se asociarían a un tanque de Hollywood, sino a lo que podría llamarse “alta cultura”: por caso, en México, Streep y Hathaway asistieron a la Casa Azul de Frida Kahlo, mientras que en la Argentina, la presentación de la "Gala Couture" en el marco de la Semana de Alta Costura fue en el Malba y la premiere mundial en el Geffen Hall del Lincoln Center en Nueva York.
¿Cómo es que una película como El diablo viste a la moda 2 llega a un lugar como el Malba? En parte se puede explicar porque la moda, y con ella la alta costura, comienza a ser una disciplina considerada por muchos como un arte más, capaz de construir mundos propios o de hablar sobre la realidad que habita. Otro factor ineludible es Meryl Streep, una actriz que a lo largo de las décadas cosechó un prestigio inexpugnable, de la mano de actuaciones emblemáticas y una lista de premios y nominaciones casi infinita. Pero que, además, con el éxito de El diablo viste a la moda en el 2006, comenzó una etapa nueva en su trayectoria, más popular y masiva, con películas como Mamma Mia!, Julie&Julia, Enamorándome de mi ex, La dama de hierro, En el bosque, El regreso de Mary Poppins y Mujercitas. Si una figura con el aura de Streep puede abrazar el mainstream, también pueden hacerlo instituciones como el Malba, que de paso encuentran una forma de atraer a otros públicos.
Sin embargo, la razón más relevante sea quizás la película original: El diablo viste a la moda, sin ser un éxito arrasador (su secuela superó su recaudación total en apenas diez días), aunque sí importante -más de 300 millones de dólares a partir de un presupuesto de solo 35-, supo adquirir una iconicidad instantánea. El personaje de Miranda Priestly se convirtió en el prototipo de jefa cruel y a la vez querible, casi como una versión femenina de Hannibal Lecter.
A la vez, la Andy Sachs de Hathaway consiguió expresar los dilemas de cierta juventud ansiosa por ascender y obtener reconocimiento en un ámbito laboral que puede ser despiadado. Y no se puede olvidar al querible Nigel interpretado por Stanley Tucci o la torturada Emily, que lanzó a la fama a Emily Blunt. Así, El diablo viste a la moda se convirtió en una especie de obra generacional, capaz de interpelar a un espectador adulto, pero también a otro más joven, una comedia multitarget que quedó en la memoria, que se transformó en nostalgia y, si al principio parecía que nadie pedía una continuación, los rumores, anuncios oficiales y un trabajo de marketing aceitado revelaron que sí, que la demanda estaba, o que por lo menos se había generado.
Para los espectadores que vieron la película original en el momento de su lanzamiento, la secuela es una oportunidad de retroceder en el tiempo, no tanto para hacerse cargo de las dos décadas transcurridas, sino para volver a ser un poco más jóvenes. Para los que descubrieron el film en los años siguientes, es la chance de ver a personajes que aprendieron a querer en la pantalla grande. Por último, para las nuevas audiencias, es la oportunidad de descubrir un “producto” que parece de otra era, aunque quizás los interpele en su abordaje de las nuevas problemáticas laborales y dilemas profesionales.
En cualquier caso, o por todas las razones mencionadas, El diablo viste a la moda 2 es una experiencia compartida por distintas generaciones que encuentran en esta película un lugar donde encontrarse, aunque sea por un rato. Desde ahí es que el cine todavía tiene esperanzas de mantenerse como un arte masivo y relevante, capaz de cruzar fronteras aparentemente infranqueables.
