La Feria de Editores volvió a reunir físicamente a lectores y editores en un momento en que elegir qué leer puede resolverse desde una pantalla. ¿Qué buscamos todavía en ese encuentro?

Un algoritmo puede recomendarnos una novela antes de que sepamos que la queremos. Una plataforma puede decirnos qué leyeron personas con opiniones parecidas a las nuestras. Podemos escuchar a un escritor desde el teléfono, leer cientos de reseñas antes de elegir un título y recibir un ejemplar en casa sin haber pisado una librería. Nunca fue tan fácil dar exactamente con aquello que buscamos. Y, sin embargo, seguimos haciendo fila para escuchar hablar de libros.

La Feria de Editores, que este año celebró su 15.ª edición, reunió durante cuatro días a más de 340 editoriales de Argentina, América Latina y España. Alcanza con recorrerla para advertir una paradoja. Buena parte de lo que sucede ahí podría hacerse de manera más rápida, cómoda y eficiente en el mundo digital. Sin embargo, elegimos hacerlo de otra manera.

Durante mucho tiempo, decidir futuras lecturas estuvo en manos de libreros, críticos, amigos, profesores y editores. Buena parte de nuestro gusto se construyó a través de esas mediaciones. La recomendación tenía detrás una experiencia, una sensibilidad, incluso una historia personal. Las plataformas digitales cambiaron esa relación. Observan nuestros hábitos y establecen asociaciones entre nuestros comportamientos y los de millones de personas. La recomendación se volvió veloz, abundante y precisa pero también más previsible, ya que cuanto mejor sabe un sistema qué nos gusta, menos necesita sorprendernos.

En la feria, en cambio, ese gesto recupera el riesgo de que otro nos haga cambiar de idea. Un editor pregunta qué fue lo último que leímos y empieza a sacar títulos. Una conversación sobre un catálogo termina convirtiéndose en una presentación improvisada de toda una editorial. Los libros pasan de un par de manos a otros. Se miran, se abren, se lee algún extracto.

No hay una fórmula detrás de esas elecciones. Hay gusto. Entusiasmo. Intuición. También puede haber insistencia o una sugerencia que no nos interese en absoluto. Pero hay algo decisivo: quien recomienda está poniendo en juego su propio criterio. Y justamente ahí aparece algo que el algoritmo difícilmente puede ofrecer del mismo modo, la posibilidad de exponernos a la mirada de alguien que no conoce nuestro historial de lectura.

Una chica vuelve tres veces al mismo stand en menos de media hora. Mira, se aleja, vuelve a mirar. Finalmente compra un poemario. Hasta ese momento nunca había leído poesía.

Tenemos acceso a casi todo, pero cada vez más filtrado por aquello que ya sabemos que nos gusta. La abundancia puede volverse una forma de encierro. Sería absurdo negar la enorme capacidad del algoritmo para acercarnos a obras, películas o música que de otro modo quizás nunca conoceríamos. La cuestión aparece cuando confundimos personalización con descubrimiento. Que algo se parezca a lo que ya disfrutamos no significa que vaya a ampliar nuestra experiencia.

La feria propone otra lógica, una bastante menos eficiente. Nos pone delante de lo que no pedimos. Una persona llega con una lista de libros de filosofía y termina llevándose fanzines y piezas de dramaturia. Una pareja se detiene porque vio gente acumulada alrededor de un stand. Una conversación modifica el recorrido. Una tapa llama la atención. En el stand de Asunción, por ejemplo, es difícil pasar de largo frente a sus pequeñitos libritos. Fotografía contemporánea entre tapas negras, investigación poética, política del archivo. Algunos caben casi en la palma de la mano: 8 x 11 centímetros para pensar imágenes y sistemas de poder. Sobre la mesa, colores, tamaños y formas se multiplican.

A su vez, seguimos yendo a escuchar. Durante esos días, cientos de personas se sientan juntas para asistir a charlas sobre literatura, escritura, traducción y edición. Podrían acceder después a una entrevista o a un podcast. Sin embargo, están ahí. Comparten una sala, esperan, se ríen y toman notas.

Escuchar hablar de una obra puede ser una forma de compartir una experiencia de lectura antes incluso de haber leído. Una interpretación ajena puede modificar la propia. Una frase puede hacer que un título que estaba perdido entre cientos adquiera de pronto otra densidad. El libro, que como objeto puede ser completamente privado, se convierte así en una excusa para producir algo colectivo. Quizás por eso proliferan alrededor de la literatura tantos espacios de encuentro. Ferias, festivales, clubes de lectura, presentaciones y talleres. No porque el libro necesite de ellos para existir, sino porque leer genera una experiencia que muchas veces buscamos prolongar después de cerrar sus páginas.

En esos espacios también se construye contexto. Y en un mundo saturado de oferta, este se vuelve una forma de valor. El problema ya no es dar con un título. Hay demasiados. Se trata de hallar una razón para detenerse en uno. Es por eso que la feria desacelera algo que afuera funciona a toda velocidad: la decisión. Se puede mirar. Preguntar. Volver. Cambiar de opinión. Se puede no saber.

Las bolsas se acumulan en los brazos. Los libros empiezan a abrirse antes de abandonar el edificio. Los visitantes se sientan en las escaleras que llevan hacia el café de la primera planta del Complejo Art Media para adentrarse en sus nuevas lecturas o compartir entre pequeños grupos sus descubrimientos.

En una época que convirtió la elección en un procedimiento cada vez más veloz y personalizado, una feria recupera el derecho a demorarse. Nos regala tiempo para mirar una mesa sin decidir, prestarle atención a una voz que no conocíamos o aceptar una recomendación que contradice nuestros hábitos. Para advertir que nos interesa una editorial de la que nunca habíamos oído hablar.

Hemos perfeccionado la velocidad con la que accedemos a aquello que nos interesa y por eso puede resultar extraño reivindicar la posibilidad de no saber todavía qué queremos. Tal vez esa incertidumbre sea parte del placer. Un algoritmo puede conocer nuestros gustos pero una feria puede ponerlos en crisis. Seguimos reuniéndonos alrededor de los libros porque todavía esperamos que algo nos encuentre antes de que nosotros sepamos que lo estábamos buscando.