En “Una dietética para la vida, correspondencia” eso es justamente lo que no hay, a la antigua usanza. Tamara Tenenbaum y Natalia Kiako comparten y coinciden en algunas cosas, ¿pocas, muchas?, que se irán descubriendo a lo largo del libro pocket, de Vinilo Editora.

El dispositivo elegido es el epistolar pero con algunas trampitas, no hay lugar de enunciación, el consabido, a modo de ejemplo, “Buenos Aires, 23 de mayo de 2025”. Es más, en varias partes aparece mencionado un mail. ¿Es el mail una carta o la mutación moderna del género?.

El libro es un “picoteo” con distintos ingredientes que las protagonistas van amasando en las diferentes misivas encabezadas siempre por “Querida Tamara” o “Querida Natalia” y en la introducción Tamara le propone este recorrido, el libro en sí, a Natalia. La finalidad primordial será intercambiar las aventuras con las comidas, el cocinar, los viajes, las familias, la maternidad, los restaurantes. Dado que contamos con el objeto en vivo y en directo, esa propuesta fue aceptada y cada una de las protagonistas va desglosando en sus páginas sus experiencias, desplegando algo así como un autorretrato gastronómico. Un texto escrito “a propósito” como se dijo en su presentación.

Los capítulos exhiben un recorrido por diferentes líneas que las autoras desarrollan, “Etica, estética y dietética”, “Comer sola”, “Las ganas de comer” etcétera, con más humor del lado de Tamara: “el picante mata todo” o “siempre tuve un desprecio por los picky eaters, (…) es una subclase del desprecio que siento por la gente que hincha las pelotas en general”, con más aparente recato por parte de Natalia añadiendo su pizca de reflexión: “Las palabras y la comida me hacen feliz (…) o “yo sólo trato de sembrarle el estómago de preguntas”, en referencia a un público que fluctúa entre los “sibaritas” por un lado y los “saludables” por otro, o inventando un verbo muy interesante “merencenar”.

Por supuesto que hay mucho más, referencias a películas (“Zelig”, “Cuando Harry conoció a Sally”), escritores (Katherine Mansfield, Stephen Phillips Roth, Nora Ephron, Virginia Woolf), filósofos (Michael Foucault), cocineros (Narda Lepes), escenas de la comensalidad (con amigos, novios, maridos, hijas, desconocidos, a solas) y hasta dos gatos que ahora son famosos, Florencio y Carmelo, que encarnan una de las temáticas que sobrevuela algunos pasajes de la obra, la tensión permanente entre tentación y restricción.

En “Una dietética (…)” se pelotean también algunos términos como una especie de boomerang que atraviesan las misivas, especialmente “canchera”, su significancia, su proximidad o lejanía para cada una de las autoras. O las miradas sobre cómo comen los varones. Casi debería haber sido un capítulo aparte. Se los acusa de no distinguir un producto principal de una guarnición, por ende le dan la misma entidad, o que hacen oda a la fiaca al momento de cocinar o disponer, de manera digna, la comida sobre un plato.

Hay mucho de juego, de lúdico y por supuesto de apelación a la memoria, a lo sensorial en la propuesta. A veces el tono de correspondencia epistolar -sin la clásica y antigua carta-, muta a monólogo y luego se deja algún cabo suelto o aparece una pregunta enunciada de manera directa para que la otra retome la posta. Natalia siempre se despedirá con un abrazo, Tamara con un beso.

“Una dietética para la vida, correspondencia” es un texto que tuvo su gesta inaugural en “Jua Jua Ramen”, allí se encontraron las escritoras por primera vez para pergeñar y acordar este pequeño pero no por eso menos sustancioso libro. Tal vez se hayan preguntado, comida china mediante, ¿es banal hablar de gastronomía?

Desconocemos qué se habrán respondido pero Tamara enuncia: “No sabemos bien qué va a pasar con el mundo, pero mientras haya días habrá por delante desayunos, almuerzos y comidas”. Y Natalia agrega, a modo de cierre, en honor a su abuela: “Berajá y salú ke se le aga”.