Ya está en los cines Las catadoras del Führer y el 26 de este mismo mes se estrena Nuremberg, dos películas que abordan diferentes episodios vinculados al nazismo, una temática todavía polémica y compleja de abordar, que nos vamos a atrever a hacer dialogar entre sí. Es que cada una, a su modo, no deja de ser una muestra de cómo puede recordarse una etapa histórica marcada por la oscuridad, pero sobre la cual las interpretaciones, de acuerdo al punto de vista, difieren. También porque ambas prueban que los relatos apasionantes surgen no solo desde los hechos centrales, desde la “historia grande”, sino por medio de los eventos y situaciones laterales, que permanecen escondidos.

Las catadoras del Führer, es una coproducción entre Italia, Bélgica y Suiza, cuyo título original es italiano y que está hablada en alemán. Si esa mescolanza entre las partes involucradas ya sonaba un poco arriesgada, hay que agregarle que está basada en un libro de Rosella Pastorini, publicado en 2018, que a su vez está inspirado en la historia de Margot Wölk, que se conoció recién en el 2012.

El film, dirigido por Silvio Soldini, arranca en el otoño de 1943 y se centra en Rosa (Elisa Schlott), una joven berlinesa que huye de los bombardeos y que se refugia en un pueblo cercano a la frontera oriental, donde descubre que en un bosque cercano se encuentra la “Guarida del Lobo”, el cuartel general de Hitler. Frente a la obsesión de ser envenenado, sus oficiales arman un grupo de jóvenes mujeres que deben probar los alimentos antes de que él los coma. Rosa se convierte en un de sus integrantes.

Si bien hay una lectura en Las catadoras del Führer que es indudablemente feminista, la película no necesita remarcarlo porque ya el punto de partida es un indicador de cómo la masculinidad funciona como factor opresivo, con un sistema que, en sus decisiones, trata a las mujeres como meros objetos descartables. El relato, en vez de bajar línea, se concentra en los vínculos que esas mujeres, en una situación límite, establecen entre sí y con otros hombres.

Rosa incluso inicia un romance inesperado con un oficial de la SS y se mueve como puede en un entorno hostil, sin ser necesariamente coherente. Con el paso del tiempo surgen también amistades, alianzas, rivalidades y traiciones, siempre con el miedo a una repentina muerte sobrevolando.

La narración de Las catadoras del Führer se va configurando como un melodrama, pero uno de tono moderado, porque la puesta en escena de Soldini es casi clínica y con solo algunos subrayados desde la banda sonora. Eso le juega tanto a favor como en contra. A favor, porque permite que la historia no caiga en desbordes innecesarios, en especial en ciertas secuencias que podrían resultar miserabilistas. En contra, porque esa pulcritud le quita algo de potencia a lo que se cuenta, por más que, a medida que pasen los minutos, sea cada vez más palpable la tragedia. El resultado final dista de ser perfecto, pero sirve como muestrario de cómo pueden accionar los individuos cuando hay situaciones que los sobrepasan.

En lo que refiere a Nuremberg, es una película histórica como las de antes, que apela a un imaginario cercano al cine clásico norteamericano. Una que se asoma a un evento histórico decisivo, posterior a la caída del nazismo, pero que mira un poco de costado, casi espiando lo que ocurre tras bambalinas. El film, escrito y dirigido por James Vanderbilt y basado en un libro de Jack El-Hai, pone el foco en una figura secundaria, el psiquiatra Douglas Kelley (Rami Malek), a quien le asignan examinar y diagnosticar a los 22 criminales nazis que iban a afrontar los juicios de Nuremberg. Especialmente a Hermann Göring (Russell Crowe), quien era el segundo de Hitler, y con quien Kelley entablará un vínculo de confianza marcado tanto por la fascinación como la repulsión, mientras trata de entender la naturaleza del mal.

Si bien Nuremberg también le da un espacio considerable a la preparación del enjuiciamiento que lleva a cabo el abogado estadounidense Justice Robert H. Jackson (Michael Shannon) junto al británico David Maxwell-Fyfe (Richard E. Grant), su centro nunca deja de estar en Kelley y su obsesión por dilucidar la mentalidad de los nazis y en la relación enfermiza que establece con Göring, un hombre con una personalidad carismática y resbaladiza, que ve en el juicio que afronta una posibilidad de relanzar su ideología.

Para sustentar esta construcción narrativa, Vanderbilt apela a una puesta en escena opresiva, donde los espacios carcelarios y judiciales juegan un rol decisivo, reforzando el proceso tortuoso que atraviesa Kelley a medida que se va dando cuenta que esos seres monstruosos con los que habla no dejan de ser humanos. Pero también es decisiva la actuación de Crowe, que aprovecha los matices de su personaje, pone a interactuar su físico imponente con lo espacial y, poco a poco, se devora cada pasaje en el que aparece con armas interpretativas nobles.

Nuremberg es una historia amarga, cuyos héroes no dejan de ser un poco perdedores, incluso en la victoria. Lo es en parte Jackson, que gana el juicio, pero solo gracias a la ayuda decisiva de Maxwell-Fyfe, porque en el duelo argumentativo con Göring es derrotado. Y lo es Kelley, que puede intuir, a partir de la convicción que exhiben los nazis, que el Holocausto puede llegar a repetirse y que él poco puede hacer para impedirlo.

Al atreverse a mostrarnos una filmación real de lo que se encontró cuando se liberaron los campos de concentración -en una secuencia seca y durísima, que cuesta ver- Nuremberg también nos recuerda que ese horror denso y palpable fue ejecutado por seres humanos.