Que Disney+ haya subido a su plataforma todas las temporadas de Mad men es un pequeño gran acontecimiento que merecería más atención y entusiasmo, ya que estamos hablando de una de las grandes producciones de la última era dorada de la televisión. De hecho, la emisión original de la serie creada por Matthew Weiner coincide con ese período de excelencia donde las cadenas de cable competían en originalidad y riesgo. Entre el 2007 y el 2015, el streaming, con su “contenido” de rápida digestión, recién asomaba y todavía los espectadores -y por ende, los ejecutivos- tenían la paciencia para las historias que se narraban.

Paciencia es una palabra clave para pensar el recorrido de Mad men, una serie a la que le resultaría difícil sostenerse en este presente donde las plataformas dictan los tiempos para un espectador mucho más ansioso y disperso. La premisa es, a priori, simple: un drama centrado en los integrantes de una importante agencia publicitaria durante la década del sesenta, aunque en verdad no es un retrato de una época ciertamente tumultuosa, sino más bien el pulso de ella: como un cardiograma, Mad men nos muestra las altas y bajas de un conjunto de personas en un espacio-tiempo determinado, haciéndose cargo de forma constante del recorte que aplica. Y si también se la puede ver como un retrato de las dinámicas de un entorno laboral muy particular como es el de las agencias publicitarias, su estructura narrativa y las atmósferas que construye le escapan a esa definición.

Es que la serie en su obsesión con lo contemplativo, con el peso del tiempo y las dimensiones, muchas veces esquivas, que constituyen a los individuos, se permite romper con las expectativas. Es cierto que tiene líneas de conflicto bien definidas, pero a cada rato Mad men se desvía de su eje, explorando sucesos o instancias sentimentales que no necesariamente tienen un principio o fin determinado. Es un dejarse ir, o más bien fluir, que habilita la mixtura de géneros, que van desde el policial hasta la comedia e incluso el musical en una secuencia inolvidable en su mezcla de desquicio, ternura y amargura. Desde ahí, se constituye en una experiencia en todo sentido: en cómo experimenta con formas y temas, pero también en cómo absorbe al espectador en sus propio ritmos y recorridos.

A Mad men se la puede pensar como la historia de varias personas interconectadas, con sus propios dilemas existenciales, obsesiones y aprendizajes. De hombres como Roger Sterling (John Slattery) o Pete Campbell (Vincent Kartheiser), que deben construir nombres y legados propios más allá de sus orígenes privilegiados y de mujeres -porque el título de la serie es engañoso y al mismo tiempo no tanto- metidas en estructuras jerárquicas que no siempre las respetan o queriendo cumplir con mandatos institucionales para los que no están hechas. Ahí está Peggy Olson (notable Elisabeth Moss), la joven que pasa de secretaria a creativa, que nunca es lo suficientemente reconocida a pesar de su inteligencia, pero que siempre da pelea y Joan Holloway (Christina Hendricks), la jefa de secretarias, que también tendrá que probar su valía. Cada una buscará la felicidad personal y profesional, pero no necesariamente encontrarán ambas, quizás porque la insatisfacción es un motor que las impulsa a buscar siempre algo más.

Por sobre todo, Mad men es la historia de Donald Draper, ese self made man esquivo, algo reptil, un enigma dentro de otro enigma, que se reinventa a sí mismo una y otra vez. Un individuo que roza lo inexplicable hasta para sí mismo y quizás esté ahí la clave para su carisma y encanto: Don no es un cínico sino un inventor de ilusiones por deber y necesidad. Por eso su trayectoria a lo largo de las siete temporadas es tanto una huida como una vuelta a sí misma a un pasado y una identidad encubierta que espera a ser desenterrada para volver a ser enterrada. Su recorrido circular nos interpela -¿no nos pasa de querer volver a nuestro pasado, pero solo un poco, porque finalmente queremos dejarlo atrás?- y, por más que nos resulte cuestionable en sus comportamientos y actitudes, en sus mentiras o medias verdades, no podemos hacer otra cosa que quererlo. En eso es clave la actuación de Jon Hamm, una de las mejores de la historia de la televisión.

Ver las siete temporadas de Mad men es todo un viaje. No solo desde lo espacial -la serie indaga en una multiplicidad de paisajes, tanto urbanos como naturales- y cronológico, con su indagación puntillosa y difusa a la vez de los sesenta. También desde lo espiritual hasta coquetear con lo psicodélico, lo identitario y afectivo. Es un viaje que cambia al espectador porque una vez que se mira Mad men no se aprecia la televisión de la misma forma.