Con apenas un día de diferencia, el cine argentino sufrió dos pérdidas muy importantes: el lunes 20 murió Luis Brandoni y el martes 21 Luis Puenzo. Con ellos, se va buena parte del cine nacional más popular, representativo y prestigioso, tres características que no suelen ir juntas, pero que ellos, por distintas vías, supieron unir. Especialmente durante un tramo repleto de vaivenes culturales y políticos como fueron las últimas tres décadas del Siglo XX. Pero que también puede extenderse al nuevo milenio, donde continuaron manteniéndose activos y ejerciendo roles de distinto tipo.

Nacido en 1940, Brandoni debutó en el teatro en 1962 y al año siguiente en televisión. Formó parte del elenco de la Comedia Nacional Argentina, compañía de Luisa Vehil y ya en los setenta, con poco más de 30 años, había alcanzado una notoriedad llamativa. Hay un año que es clave para entender esa trayectoria, que es 1974, en el que se estrenaron La Patagonia rebelde, de Héctor Olivera, y La tregua, de Sergio Renán, la primera película argentina nominada al Oscar. El éxito de ambas -en particular de la última, que abordaba un hecho histórico incómodo y polémico- fue también una maldición para Brandoni, que ya había sido elegido como secretario general de la Asociación Argentina de Actores, cargo que ejercería hasta 1983.

Su figura quedó en la mira de la Triple A (Alianza Anticomunista Argentina) y eso lo forzó a un breve exilio hasta 1975. Cuando retornó, volvió a ser perseguido, esta vez por el autodenominado Proceso de Reorganización Nacional, que lo secuestró y lo mantuvo cautivo brevemente en el centro clandestino Automotores Orletti. Fue liberado con la condición de que cesara en sus actividades políticas.

Pero Brandoni no hizo mucho caso y siguió metido en la política, no solo durante la dictadura, sino hasta el final de su vida. Radical hasta la médula, fue elegido como diputado nacional en 1997, pero lo cierto es que siempre tuvo un papel muy activo en los vaivenes del radicalismo. Y ese “siempre” también implicó una conducta individual que no temía chocar contra otros dirigentes e instituciones. Ahí tenemos, por caso, su decisión de abandonar la Asociación Argentina de Actores en el 2017 luego de una serie de cruces con la conducción debido a su posicionamiento respecto a las lecturas sociohistóricas sobre la última dictadura militar.

Brandoni no tenía pelos en la lengua y no se intimidaba frente a las presiones partidarias o ideológicas: lo primero para él, claramente, eran los valores en los que se referenciaba, no la necesidad de pertenencia. Incluso cuando eso le trajo consecuencias laborales, como en el período kirchnerista, donde sus participaciones en cine y televisión fueron cada vez menores, en buena medida por sus posturas políticas.

Esa coherencia en su forma de ver el mundo le permitió a Brandoni conseguir una paradoja en su labor actoral: poder desempeñarse en distintos medios y géneros con igual eficacia. Tuvo una gran productividad en teatro, televisión y cine, en relatos de todo tipo, y siempre se las arregló para distinguirse y a la vez ser funcional a lo que se estaba narrando. Su figura está asociada a obras emblemáticas, influyentes y populares, que van desde las mencionadas La Patagonia rebelde y La tregua a Esperando la carroza (1985), Cien veces no debo (1990) y La odisea de los giles (2019), pasando por Mi cuñado (1993-1996), Nada (2023-2026), Don Arturo Illia (2012) y Parque Lezama (2013), por mencionar solo algunas.

Esa capacidad de adaptación iba de la mano con un estilo actoral potente y sutil a la vez, que se fusionaba con modos indudablemente amables: todos en el ambiente artístico tenían algo positivo para decir sobre él, lo cual se repetía en el ámbito de la política y hasta el periodístico. ¿De cuántos podría decirse lo mismo?

Por el lado de Puenzo, su figura quedará para siempre asociada a ese hito que fue La historia oficial, no solo la primera película argentina, sino también la primera latinoamericana en llevarse el Oscar a la mejor película extranjera. Su triunfo coincidió con un cambio de época para la sociedad argentina, que se mostró capaz de juzgar a sus propios represores, pero no dejó de ser un film adelantado a su tiempo a partir del tema que abordó.

Es que, si al momento de su estreno en 1985, la apropiación de bebés no era uno de los aspectos más conocidos de los crímenes de la dictadura, menos lo era cuando comenzó el rodaje, en 1983. Todavía los militares estaban en el poder y tanto el elenco como el equipo de producción sufrieron amenazas, a tal punto que se anunció la cancelación del proyecto. Sin embargo, la filmación prosiguió en secreto hasta el mismo año de su estreno.

Es decir, no solo hubo valentía sino también inteligencia por parte de Puenzo y su coguionista Aída Bortnik. Ambos supieron construir una historia que interpelaba un pasado horroroso inmediato y los silencios de un presente donde la sociedad argentina todavía estaba procesando sus propios traumas. Pero que además exploraba los dilemas de la maternidad, la vida en pareja, la forma en que nos condicionan nuestros entornos y cómo la mentira puede convertirse en un sistema de vida. Su historia no dejaba de tener un carácter universal, lo cual explica que también haya obtenido una nominación al Oscar al mejor guión original, en la que compartió terna con clásicos como Volver al futuro, Brazil, La rosa púrpura del Cairo y Testigo en peligro, que terminó siendo la ganadora.

El triunfo de La historia oficial representó para Puenzo la oportunidad de una proyección internacional, aunque no le fue como quizás esperaba. Gringo Viejo (1989), basada en la novela de Carlos Fuentes, fue un rotundo fracaso, a pesar de tener en los protagónicos a Gregory Peck, Jane Fonda y Jimmy Smits. Algo parecido sucedió con su adaptación de La peste (1992), el aclamado libro de Albert Camus, que contaba en el elenco con William Hurt, Robert Duvall y Raul Juliá. Este último film, a pesar de no tener los resultados en la taquilla esperados, representó un hito particular, a partir de un rodaje arduo y desafiante en múltiples locaciones de Buenos Aires y cuya historia merecería un texto aparte.

Posteriormente, Puenzo solo dirigiría un largometraje más, La puta y la ballena (2004) y pasaría a tener un rol más relevante como productor, con créditos en películas como XXY (2007) y El niño pez (2009), ambas de su hija, Lucía Puenzo, además de Infancia clandestina (2011), de Benjamín Ávila. Sus últimos años quedaron marcados por su gestión al frente del INCAA, que fue a todas luces, lamentablemente fallida. En parte porque a poco de asumir afrontó un escenario completamente disruptivo como fue la pandemia del COVID-19, pero también porque no supo capitalizar el apoyo inicial con el que contaba por parte de la enorme mayoría del sector audiovisual. Sin embargo, ese breve paso por la función pública mostró el compromiso de Puenzo, que podría haber elegido una posición más cómoda y en cambio puso en juego su prestigio al presidir un organismo que siempre ha sido difícil de comandar.

Es quizás en este último aspecto donde se puede encontrar una conexión entre Brandoni y Puenzo, que nunca llegaron a trabajar juntos: el compromiso, mucho más allá de sus profesiones con la coyuntura y el tejido social argentino. Lo mismo cuenta para Adolfo Aristarain, quien se fue justo mientras se escribían estas líneas, en una semana durísima para el cine argentino por la pérdida de referentes. Con la pérdida del director de La parte del león, Tiempo de revancha, Últimos días de la víctima, Un lugar en el mundo, La ley de la frontera y Roma, nos quedamos sin un realizador que siempre puso a los personajes y sus historias por encima de todo. De ahí que podamos afirmar que se fueron tres referentes tanto culturales como éticos.