Netflix estrenó El Halcón, nueva serie creada y protagonizada por Will Ferrell. Estamos hablando de uno de los principales exponentes de la que es hasta el momento la última gran generación de comediantes del cine norteamericanos. Integrante de una camada compuesta también por figuras como Ben Stiller, Vince Vaughn, Steve Carell, Jack Black, Owen Wilson y Luke Wilson, Ferrell no solo es un actor, sino además un autor, alguien que escribe y/o colabora en guiones, que sabe asociarse con realizadores de todo tipo y que ha construido una sucesión de obras muy personales. Por eso nos tomamos el trabajo -o más bien el placer- de repasar algunos de sus personajes más emblemáticos, que compiten entre sí por ver cuál es más deforme e hilarante.

Steve Butabi (El triunfo de los nerds, 1998): este personaje no termina de entenderse sin su hermano, Doug Butabi, interpretado por Chris Kattan. Ambos nacieron en un sketch de Saturday Night Live y tuvieron su propia película, cuyo título original, mucho más apropiado, es A night at the Roxbury. Este dúo familiar tiene el sueño compartido de ser los dueños de un club nocturno, o por lo menos ingresar en el más cool y popular de todos, y sus existencias giran alrededor de esto, por más que su padre quiere que sean dos individuos responsables. Steve es de esos seres que se niegan a crecer y cuya gestualidad estrambótica, es todo un indicador de cómo Ferrell, desde temprano, fue capaz de convertir la exageración en virtud.

Jacobim Mugatu: uno de los papeles que puso a Ferrell en el mapa, este diseñador de moda que está al servicio de intereses oscuros es uno de esos seres inclasificables que solo puede tener razón de ser en películas como Zoolander (2001) y Zoolander 2 (2016). Lo de Ferrell acá es pensar lo extravagante, para después elevar ese concepto a otro nivel. Y luego a otro y otro, configurando un ser agresivo, vengativo, egoísta, calculador, un villano en toda regla, al que a la vez nunca se puede tomar en serio porque todo en él es estrambótico e hiperbólico. ¿Cuántos personajes hay como Mugatu en la historia del cine? La respuesta es que él es único y quizás irrepetible.

Frank The Tank (Aquellos viejos tiempos, 2003): hay una secuencia notable que define tanto a este personaje como al compromiso actoral de Ferrell. Allí lo vemos corriendo desnudo por la calle quebrado por el alcohol, en un mundo aparte, sin consciencia alguna de lo que lo rodea. Es el patetismo masculino llevado al extremo, pero también un ejemplo de cómo ponerle el cuerpo a la comedia. Frank es un tipo que, justo cuando está ratificar su compromiso con una vida normal, descubre que no está hecho para esa existencia, que lo suyo es la fiesta permanente. O sea, ser “The Tank”. Por eso su recorrido es una montaña rusa emocional en la que le pasa de todo, física y psicológicamente, hasta reconciliarse consigo mismo. Ferrell acá mostraba que el desborde podía ser un estilo en sí mismo.

Buddy (Elf, el duende, 2003): ¿cómo repensar lo navideño y lo familiar desde un lugar infantil y adulto a la vez? Entra en escena Buddy, un hombre que ha sido criado por los duendes de Papá Noel y que viaja a Nueva York para conocer a su padre biológico. El contraste es el factor dominante en el film de Jon Favreau: entre la considerable altura del protagonista y el universo navideño que habita; entre su comportamiento aniñado y el de adulto aburrido de su progenitor; entre la comedia destructiva de Ferrell y la rudeza que transmite James Caan, quien encarna a su padre. Todo va por el carril del choque cultural y la incomodidad (Caan estaba genuinamente incómodo durante el rodaje), pero desde ahí se constituye un personaje y una película adorables.

Ron Burgundy: el que posiblemente sea el personaje más representativo de Ferrell, este conductor de un noticiero de San Diego es una composición sumamente sofisticada, por más que en apariencia sea un individuo ordinario y hasta mediocre. Que lo es: Burgundy es un tipo machista, misógino, egoísta, sexista, pedante, muchísimo menos inteligente de lo que cree ser. Pero el mundo que él habita en El reportero (2004) y su secuela (2016) es un poco como él y en esa envoltura él se constituye en un referente cultural, un sujeto al cual todos alaban, y que vive de esas alabanzas. Hasta que su figura entra en crisis y no le quedará otra que realizar un -pequeño- proceso de aprendizaje que lo depositará en un lugar más honesto consigo mismo y los demás. Burgundy es un mundo en sí mismo, un estilo de vida y una vía para una comedia donde lo individual congenia con lo grupal. Ver, por caso, la escena donde canta con sus amigos la canción Afternoon delight, que es simplemente brillante.

Ricky Bobby: los hijos de este piloto de NASCAR se llaman Walker y Texas Ranger. ¿Cuán más texano se puede ser? Ricky Bobby: loco por la velocidad (2006) es una gran parodia sobre la cultura imperante en el sur de Estados Unidos, a la que a la vez se contempla con un gran cariño. Al igual que a este personaje, un bruto absoluto, pero talentoso automovilista, que fue convencido por su padre desde su más tierna infancia que solo vale ganar y que no hay nada por fuera del primer puesto. Hasta que claro, le llega la derrota y debe buscar una forma de redimirse, mientras se hace cargo de que ese progenitor no es la figura que siempre idealizó. Ricky Bobby es, a su modo, pura “América” y no queda otra que creerle cuando afirma “yo me levanto a la mañana y orino excelencia”.

Armando (Casa de mi padre, 2012): a lo largo de su filmografía, se puede notar que una de las obsesiones de Ferrell es el castellano, no solo como idioma en sí, con todas las posibilidades de humor lingüístico que se abren. Asimismo, como puente hacia otras culturas que portan sus propios relatos e imaginarios. Armando es el protagonista de una historia telenovelesca con malos malísimos, buenos buenísimos y desgraciados, revelaciones que rozan lo inverosímil y un largo etcétera, siempre en un castellano muy muy “latino”. En manos de Ferrell, lo que contemplamos es un melodramón de esos que podría haber sido protagonizado por Thalía, recargadísimo y delirante, con un galán imposible y, a la vez, inolvidable, un experimento que nadie se ha atrevido a repetir.