
Tras tres décadas construyendo universos sonoros para el cine, el teatro y otros artistas, el pianista, compositor y productor argentino presenta su primer disco solista. Un relato íntimo e imprescindible sobre atravesar el dolor, abrazar las sombras y renacer a través de la música.
Hay momentos en los que la vida se detiene de golpe y el silencio se vuelve atronador. Tras 30 años de una prolífica trayectoria como productor artístico —creando para agencias, cine, teatro e infinidad de músicos de Argentina, Brasil y Estados Unidos—, Germán Kaly enfrentó una encrucijada vital. De ese quiebre emocional y de la profunda necesidad de detenerse, escucharse y procesar el dolor, nació “Ante tanta luz”, su debut como solista. Un álbum compuesto por doce canciones climáticas, melancólicas y luminosas, guiadas por una voz dulce y una sensibilidad que evoca a la lírica borgeana y al Spinetta de Para los árboles.
Grabado de manera analógica y cruda con un ensamble orquestal de primer nivel, el disco explora el tango, el jazz y la música de cámara para invitar al oyente a un refugio de introspección. Nos sentamos a dialogar con Germán para conocer la historia humana detrás de esta obra de transformación.
La lírica del disco habla de atravesar los miedos para que ocurra la transformación. ¿Hay una canción particular donde sentís que ese miedo estuvo más presente al escribirla?
De alguna manera está presente en todo el álbum. En los temas que más se destaca esa transformación es en “Pasos en la nieve”, y “El espacio se transforma”. En esa búsqueda de transformación hay un punto de quiebre profundo. Para entender la dimensión de “Ante tanta luz”, es necesario asomarse al abismo emocional del que brotaron estas composiciones.
¿Qué estaba pasando en tu vida cuando apareció esa necesidad de frenar y conectar con vos mismo?
En 2023 afronté una situación límite, y esto fue un punto de inflexión en mi vida. Por un lado, tuve que tomar la decisión de tener que desconectar a mi papá, y en paralelo, toda mi familia —esposa e hijos— estaban bajo tierra en Israel porque había comenzado la guerra. Fue la primera vez en mi vida que frené. Estaba aturdido y con una tristeza insoportable. Tuve una crisis sensorial donde los sonidos se me amplificaban y la información se me multiplicaba a cada segundo. Estuve dos años sin escuchar música, ni tocar, ni entrar al estudio. Con muchísimo apoyo profesional y un círculo que fue red, pude salir de ese estado de shock emocional, y ver por fin de nuevo el amanecer. En ese momento de tanta intimidad reflexioné por dónde quería continuar. No dudé, quería escuchar el sonido natural de mi cuerpo. Confiar, y expresar lo que había vivido. Transitarlo sin escapar. Estar presente, y sobre todo dejar un mensaje fuerte de superación para mis hijos. Volver al sonido después de dos años de silencio significó desplegar una sonoridad orgánica y ambiciosa. Sin embargo, traducir semejante vulnerabilidad a una orquestación repleta de cuerdas, vientos, bandoneón y coros requirió una delicada maestría.
Con un ensamble tan grande, ¿cómo mantuviste la intimidad del proyecto sin que se pierda en la orquestación?
La sonoridad la tenía siempre en la cabeza. La idea primaria del concepto de audio era transmitir exactamente esa crudeza real, auténtica y vulnerable. Trabajamos bajo mi dirección, en conjunto entre varios arregladores. Todos compartíamos un score de orquesta y una referencia de audio/maqueta muy clara desde el inicio. Esa convivencia entre luces y oscuridades no solo habita en los surcos del álbum sino que encontró su manifestación visual perfecta en el lienzo que hoy ilustra la portada.

¿Cómo llegaste a la pintura de Renatti, Abrazando las sombras, y por qué sentiste que dialogaba con el disco?
Renatti atravesó una situación personal muy similar a la mía y esta fue la pintura que despertó su retorno artístico. Tuvimos un encuentro en su taller y nos llegó al alma el desafío del arte de tapa tan humano y comprometido. Ahora, con el álbum y la obra terminada, tengo el cuadro sobre el piano de mi estudio y la energía cambió por completo. Siento ese abrazar de las sombras en cada rincón y cada nota. Acostumbrado a potenciar las voces de otros desde el rol de productor e ideólogo, dar el paso hacia el centro del escenario con un nombre propio implicó despojarse de viejas certezas.
Después de una carrera tan volcada a lo colectivo —publicidad, teatro, cine, otros artistas—, ¿qué fue lo que más te costó, o lo que más te liberó, de exponerte en primera persona?
Sentí que había llegado el momento de expresar, escribir, y sentir a flor de piel. Mi manera de componer igualmente siempre apuntó a lo colectivo. Quizá por eso un ensamble tan nutrido de colores y texturas. Quise salir también de una zona de confort, abrazar y disfrutar al máximo el camino. Fue un año entero de grabar y componer en el estudio con maestros y amigos. Toda esta artesanía de estudio se prepara ahora para dar el salto al plano vivencial, en un encuentro cara a cara con el público.
Pensando en la presentación en vivo del disco: ¿qué van a poder ver ahí que no esté en las grabaciones, y qué otros adelantos vas a ir soltando hasta esa fecha?
En Café Berlín, la idea es presentar el álbum, hacer sonar los arreglos en un formato pensado para la cercanía y la buena acústica del espacio, donde el público pueda sentir cada canción como si fuera una pintura. Estamos ensayando para afianzar a la banda para que suene sólida y se distinga la poesía bien clara. Vamos a mechar con algunas reversiones referentes a la sonoridad del disco, para que la gente se sienta parte de la estética del álbum. Este afán por construir puentes artísticos con una fuerte carga humana no es nuevo en su carrera; ya se vislumbraba en hitos anteriores de su trayectoria internacional.
Germán Kaly es Protagonista Zibilia. Descubrí más sobre su música, sus próximos lanzamientos en nuestra agenda.