
Una cucaracha diserta sobre el amor, la muerte, la incertidumbre y los cambios. Teatro performático y experimental. Un recorrido nocturno en clave filosófica donde el cuerpo del espectador se activa y la risa prepara el duelo. Es DJ Cucaracha, de Dana Crosa.
El unipersonal inserta a quienes participan en la acción desde el primer momento. In media res, una cucaracha de tamaño humano canta y rapea mientras presenta su mundo: ese que habita en Fundación Cazadores. La música —a cargo del dúo experimental Basura—, funciona como guía de este deambular que nos conduce, poco a poco, a hacerle frente a la muerte.
La obra desarma las convenciones del teatro tradicional: no hay butacas, no hay escenario, no hay distancia convencional entre aquel actúa y aquellos que miran. En cambio, la experiencia se despliega por Chacarita, con los espectadores integrados al trayecto y al ritmo del relato, en una propuesta que oscila entre la comedia, la performance urbana y el ritual colectivo. La destreza escénica de Valentina Cottet —con un gran manejo de la voz— sostiene el desarrollo de la trama y mantiene la atención del público, interpelado tanto por el devenir de la pieza como por lo imprevisible propio de la calle y sus vicisitudes.
“Me interesa que el plano ficcional pueda convivir con el plano real que la gente ya conoce —nos contó su directora en diálogo con Zibilia—. Además, algo que me gusta mucho de este tipo de producciones es que propone una experiencia comunitaria. Hay algo de secreto compartido a voces.”
La obra implica movimiento, incita al movimiento. De un momento a otro, la protagonista propone un cambio de perspectiva: de repente somos nosotros también cucarachas escapando de la fumigación. Nos volvemos una masa compacta que avanza detrás de un personaje que parece haber escapado de una novela kafkiana.
Pero ese nosotros no se cierra sobre sí mismo. En el desplazamiento por Chacarita, la calle deja de ser un simple contexto para convertirse en un agente activo. DJ Cucaracha convoca no solo a quienes llegaron a ver la performance, sino también a quienes se cruzan con ella por azar: vecinos que se detienen, transeúntes que preguntan qué está pasando, niños que quedan pasmados frente a la figura de tamaño humano que diserta en la noche. Algunos acompañan el recorrido unos metros; otros observan desde lejos. Todos quedan, aunque sea por un instante, involucrados en la escena. La ficción se expande así más allá de su público inicial y transforma el barrio en un espacio de aparición, donde la frontera entre espectadores y no espectadores se vuelve inestable.

En ese deslizamiento constante entre ficción y realidad, la figura de la cucaracha se vuelve central. Lejos de funcionar únicamente como recurso cómico o provocación visual, encarna una voz que habla desde el margen: un cuerpo resistente e incómodo que observa el mundo desde abajo y aun así —o justamente por eso— se anima a ahondar en preguntas existenciales. “Había algo en darle voz a aquello que no está en el centro —cuenta su directora—, al bicho más odiado de la ciudad. Ese gesto me alivió y me dio muchas ganas de escribir la obra”. En un contexto atravesado por la saturación de discursos, opiniones y verdades, la cucaracha aparece como un cuerpo incomprendido, monstruoso, persistente. Una figura con la que se genera una conexión inesperada: no tanto por identificación directa como por reconocimiento.
La pieza se sostiene en una fuerte carga textual —conceptual y emotiva— que convive con momentos de humor, cercanía e incomodidad. Aunque construida en clave de comedia, la trama avanza hacia un final que desarma cualquier expectativa liviana. La risa —cómplice, cercana— va cediendo lugar a una escucha más atenta, más frágil. La muerte irrumpe no como tragedia solemne, sino como certeza compartida: aquello que nos alcanza a todos. En ese punto, la acción escénica suspende el movimiento y obliga a detenerse. Volvemos al punto de partida: lo que hasta entonces había sido escape se convierte en pausa y afecto.

“El humor está siempre presente en todo lo que hago —señala Crosa—. En este caso era importante que se pudiera entrar de manera amable a una obra que ya de por sí tiene muchos elementos desafiantes: caminar, la incomodidad, no poder sentarse. Me interesaba empezar riéndonos y empatizando con la cucaracha para que después, cuando se comprende su decisión final, algo se mueva”.
La risa construye así un vínculo afectivo con una figura que suele generar rechazo. Reírse con ella, enternecerse, querer que sobreviva: ese desplazamiento emocional prepara el terreno para el giro final.
La ficción se convierte entonces en un dispositivo experiencial: una obra que activa el cuerpo, lo obliga a moverse y a escuchar de otro modo. Cuando el recorrido termina, la calle vuelve a ser calle, el grupo se dispersa y la cucaracha ya no está. Pero algo persiste: la sensación de haber compartido, aunque sea por un rato, una pregunta incómoda. Y de haberla escuchado en el lugar menos esperado.

