
Esperpento es una palabra que puede tener varias acepciones. Pero adhiero a esa creación literaria de Valle Inclán en donde la realidad se deforma, acentuando sus rasgos grotescos. Ese término apareció observando y disfrutando “Consagrada”.
El único personaje -interpretado por la ex gimnasta de la Selección Nacional Argentina de Gimnasia Artística, Gabi Parigi y dirigida por Flor Micha- hace su aparición por el lado izquierdo de la sala rengueando, depositando el andar en un bastón cuádruple, con corset, cuello ortopédico, pierna derecha y talón izquierdo vendados, medallas colgadas y un tocado con laureles que da la impronta de un Dante Alighieri patético.
La escenografía tiene sólo dos muebles, un banco de madera simple como los que se encuentran en cualquier vestuario y un cajón de salto piramidal. Resultan suficientes para narrar la historia. Los cajones móviles sirven para cambiarse en su interior, para cabalgarlos, para columpiarse, para que se transformen en balcón, púlpito, espejo o simplemente para deslizarse suavemente sobre él, como una cascada humana.
La música suma a la propuesta artística el grado de eclecticismo que se necesita y permite que la ex gimnasta se desplace rígida, a modo Frankenstein, o se mueva sensual como una pasista de Beija Flor. Se escucha “It´s my life”, “En el caribe sur”, melodías con tintes balcánicos, percusión dramática y cumbia festiva para el final.

Consagrada muestra un cuerpo mutante desde el inicio con un andar desvencijado en donde se intuye el dolor pero que, poco a poco, va transformándose, como una crisálida. Lo que nunca es, por si hiciera falta aclararlo, un modelo hegemónico. Por eso la fascinación y tal vez la sorpresa cuando ese potencial oculto se manifiesta sólido y hetéreo a la vez. Con desplazamientos y movimientos que dejan ver el desarrollo de omóplatos, bíceps, tríceps, una musculatura poderosa que guarda lesiones y memoria. A no olvidar los gestos faciales que condensan drama, tragedia, silencios y hasta un humor sarcástico con muecas sin risa, una especie de mascarada.
La obra ofrece una protagonista que es un cuerpo y un cuerpo que es protagonista. Gabi Parigi cuenta su experiencia como gimnasta artística representando a la selección nacional y se devela en un cúmulo de discursos y cifras que la han construido y también, a modo de hipótesis, destruido:
“Le dedico el triunfo a mi mamá y mi papá que están mirando por la tele. Muchas gracias”
“Protusión” se escucha en múltiples ocasiones. Es el diagnóstico médico por una de las tantas lesiones que se escucha en alta voz.
“Estirá los empeines, mirá un punto fijo, no te descabeces, miro la barra. Dale gorda, dale” grita el instructor, en la voz recreada por la intérprete.
La gimnasia no sólo modela un cuerpo sino también una vida y se enumeran escenas, a modo de fotos discursivas de la entonces joven protagonista:
-“Me fui de viaje de egresados pero la mitad del tiempo porque tenía una competencia”.
- “Voy a los cumpleaños de 15 pero si es un vienes, voy dormida al entrenamiento de los sábados”
-“¿Vacaciones de verano? Voy con mi familia y salgo a correr al borde del mar, es la preparación física de temporada”.

Un cuerpo deportista es especialmente supervisado: “vamos nenas, los pesos, las medidas. ¿Te pesaste hoy? Andá a pesarte”. Un mundo de control y descontrol: “1 barrita de cereales son 75 calorías, en dos meses bajé 9 kilos, 5 minutos tarde eran 1000 abdominales, a los 15 años era la ola de los atracones, mezclaba los restaurantes libres que frecuentaba con mis padres, las tortas de los domingos de la abuela y los ayunos para, los lunes, dar el peso justo” cuenta la protagonista.
Y si bien la gimnasia artística es un deporte olímpico individual se comparten entrenamientos y competencias: Yazmin, Josefina y Melisa. A todas les dolía mucho el cuerpo, todas comían chocolates a escondidas y hasta tenían un ranking consensuado de ese objeto prohibido: el primer puesto para los Snikers, el segundo para los Mars.
El costo de pertenecer a una elite deportiva es alto y los logros y trayectoria son inventariados: 37 exhibiciones, 108 torneos, 4300 aeropuertos, 6 entrenadores, 8.455.000 de abdominales, 8 horas de entrenamiento por día durante 16 años, 37 trofeos y 78 medallas “juntando polvo”.
Entonces la protagonista pregunta y se pregunta: ¿Qué se hace con todo eso?
Para saber la respuesta hay que verla.