En Club de mujeres artistas, Milagros Pochat construye un archivo afectivo donde la escritura, la pintura y la experiencia personal se entrelazan para recuperar voces ausentes. Más que una revisión del canon, el libro propone otra forma de mirar: colectiva, situada y profundamente política.

Hay una pregunta que funciona como origen y motor: ¿dónde están las mujeres artistas? No surge de la teoría, sino de una inquietud concreta, casi doméstica —anotada al final de un libro de historia del arte. Desde ese gesto mínimo, el proyecto se despliega como un recorrido que no busca completar una historia sino tensionarla y volverla porosa.

El texto reúne veintiocho creadoras del siglo XX en un mapa afectivo donde obras, biografías y experiencia de escritura se entrelazan. Lejos de una historia del arte tradicional, se sostiene en un archivo íntimo: lecturas, viajes, hallazgos, conversaciones. Pochat hace de su punto de vista un método. Cada figura aparece no solo por lo que hizo, sino por cómo fue encontrada, en qué contexto y qué produjo. En ese sentido, aparecen escenas precisas: el encuentro con el nombre de Hilma af Klint a la vera de un río en Mendoza; el descubrimiento de una obra en una librería; una postal caída en el aeropuerto de París que funciona como portal al universo artístico de Louise Bourgeois. No hay un archivo neutral, hay recorridos, desvíos, insistencias.

Milagros Pochat —artista visual y escritora— trabaja desde hace años en ese cruce entre imagen y palabra. Este trabajo surge, en parte, de un espacio previo —el Club de Mujeres Artistas—, un grupo de investigación donde fue reuniendo materiales, nombres y obsesiones.

El saber que propone este texto no es erudito en el sentido clásico, sino relacional, accesible y atravesado por el gusto. La selección es abiertamente arbitraria —solo ordenada por fechas de nacimiento— y sin embargo encuentra su coherencia en el vínculo que su autora establece con cada figura. “Fui escribiendo sus nombres, como lista de supermercado”, señala en el prólogo. El resultado es una escritura que oscila entre biografía, ensayo y bitácora.

En ese cruce, la palabra y la imagen no funcionan como lenguajes separados. Las artistas reunidas no solo producen obra visual: escriben diarios, cartas, poemas, reflexiones. “Expresarme por medio del arte o por medio de la escritura son en esencia la misma cosa”, declara Yayoi Kusama en una de las citas que el libro recupera. Esa equivalencia ordena el proyecto: escritura y pintura como formas de pensamiento.

En la materialidad del objeto, esa relación se vuelve visible. Retratos pintados por la autora, citas en tinta roja sobre fondo rosa —en diálogo con Bourgeois—, cambios de tipografía y de color interrumpen la lectura lineal. No ilustran, afirman que la escritura también es forma visual.

Aunque el volumen dialoga con preguntas fundamentales del feminismo —como la célebre formulación de Linda Nochlin sobre la ausencia de “grandes artistas mujeres”—, su operación no es académica ni argumentativa en un sentido tradicional. No confronta el cano, lo desplaza al producir otra genealogía.

Club de mujeres artistas no corrige la historia del arte: la desborda.

El “club” del título no es una metáfora decorativa. Es una forma de pensar, de organizar, de circular. Frente a la figura aislada del genio —tradicionalmente masculina—, propone una lógica de red, de afinidades, de resonancias. Estas figuras dialogan entre sí, pero también con la autora y, a través de ella, con el presente. Los “interrogantes y pesares” de Käthe Kollwitz por ejemplo, no quedan fijados en su tiempo: se vuelven colectivos, activan preguntas sobre el lugar del arte en una realidad igualmente atravesada por la violencia.

Ese gesto se amplifica cuando el volumen recupera prácticas de circulación alternativas. “Publicar es un gesto político”, escribe Pochat. Fanzines, ediciones independientes y redes de artistas aparecen entonces no como soportes menores, sino como estrategias centrales de visibilidad. El club, entonces, no solo reúne, produce comunidad.

Hay, además, otro movimiento. Pochat no solo investiga o escribe sobre estas artistas, también trabaja sobre sus obras. Las reversiona, las pinta, las traduce a su propio lenguaje. Ese gesto abre una pregunta: ¿homenaje, apropiación o reinterpretación? Más que resolverse, la tensión activa el pasado como material vivo que puede ser retomado, continuado, transformado.

Algo de eso aparece en cruces inesperados: el momento en que una imagen pintada por la autora —un pincel y una lapicera cruzados como emblema—, encuentra su eco en un dibujo de Tove Jansson; o cuando la obra de Gego funciona como puerta de entrada a un proceso personal de duelo y exploración formal. En esos desvíos, la escritura se repliega sobre la propia práctica.

Pero el afecto no implica ingenuidad. Es, justamente, lo que permite ver con claridad cómo se organiza la historia del arte: qué nombres entran, cuáles quedan afuera y bajo qué condiciones. Así, figuras que quedaron al margen reaparecen no como excepciones sino como parte de una red. El caso, por ejemplo, de Mariette Lydis —omitida durante décadas de la historiografía argentina—, evidencia hasta qué punto ese relato fue construido de manera arbitraria. Que sean otras mujeres quienes las rescaten no es casual: señala el carácter estructural de esa omisión.

Aun ahí, en vez de detenerse en la denuncia la propuesta insiste en la potencia de esas reapariciones. Sin volverse discursivo, el recorrido traza una crítica persistente. Como cuando expone la construcción histórica de asociar lo femenino y la locura, como puede suceder en figuras como Yayoi Kusama o Aida Carballo.

Algo similar ocurre con la noción del tiempo. La trayectoria de Etel Adnan —reconocida internacionalmente cerca de los noventa años— funciona como punto de inflexión. “La construcción del tiempo es patriarcal y productiva”, señala su autora. La pregunta ya no es cuándo llega el reconocimiento, sino quién fija ese ritmo. En este sentido, recupera trayectorias y reclama condiciones.

Sin embargo, lejos de instalarse en la denuncia, Pochat elige otro camino. Su gesto es reparador; construir red, insistir en la circulación, devolver visibilidad desde el encuentro. En ese movimiento, la celebración se vuelve política.

Club de mujeres artistas es una invitación. A buscar obras, a seguir nombres, a trazar conexiones. Pero, sobre todo, a imaginar otras formas de construir historia. En tiempos atravesados por el individualismo, la propuesta de Yoko Ono resuena como una clave de lectura: pensar la obra no como un objeto cerrado, sino como un llamado a la participación, a la comunión, a la construcción con otros. Esa lógica recorre todo el libro. No solo recupera artistas olvidadas, afirma la potencia de lo común, y la necesidad de tejer redes afectivas. En esa insistencia aparece, finalmente, la posibilidad de armar —contra el canon y sus exclusiones— un club.

Creditos retrato: Magdalena Ahmar Dakno