
Durante las primeras semanas de mayo, Venecia estuvo atravesada por jornadas de lluvia persistente. En ese contexto se inauguró la 61ª Bienal de Arte de Venecia, uno de los acontecimientos más destacados del calendario internacional del arte contemporáneo. Cada dos años, la ciudad de la región del Véneto, se convierte en un punto de encuentro para el ámbito de la cultura de todo el mundo que se suma al ya intenso flujo turístico que caracteriza a la histórica ciudad italiana.
La Bienal se desarrolla principalmente en I Giardini - Los Jardines y el Arsenale, junto con exposiciones distribuidas por la ciudad. Los pabellones nacionales presentan proyectos especialmente concebidos para la ocasión, mientras que la exposición internacional reúne diversas prácticas artísticas contemporáneas.
In Minor Keys (En claves menores) es el título de esta edición. Una propuesta de la curadora camerunesa Koyo Kouoh (Douala, 1967 – Basilea, 2025), quien se convirtió en la primera mujer africana en asumir la dirección artística de la Bienal. Sin embargo, la edición estuvo marcada por su fallecimiento poco tiempo antes de la inauguración, un hecho que atravesó profundamente el desarrollo del evento. A ello se sumaron una serie de debates que excedieron el ámbito estrictamente artístico. El conflicto en Gaza, otros escenarios bélicos contemporáneos y las discusiones en torno al papel de las instituciones culturales frente a los desafíos geopolíticos actuales generaron cuestionamientos y controversias que resonaron tanto dentro como fuera de los espacios expositivos.
En este contexto, muchas de las propuestas abordaron temas vinculados con el territorio, la migración, la memoria, la crisis climática y las formas de convivencia. La Bienal vuelve así a funcionar como un espejo de la sociedad, donde las tensiones y debates del presente encuentran múltiples formas de expresión. Pintura, escultura, arte textil, instalación, sonido, video y performance conviven en distintos espacios de la ciudad, dando lugar a una diversidad de lenguajes y experiencias.
Estas problemáticas pueden observarse a lo largo del recorrido. Se destaca la propuesta de la artista belga Miet Warlop (Torhout, 1978), quien presenta IT NEVER SSST, un proyecto del pabellón de Bélgica que incorpora performance, música, instalación y escultura para reflexionar sobre la sobreinformación y la imposibilidad del silencio en la experiencia contemporánea. Resulta también significativa la participación de Ei Arakawa-Nash (Fukushima, 1977) en el Pabellón Japonés con Grass Babies, Moon Babies, una instalación participativa que aborda temas vinculados al cuidado, la memoria y la comunidad. Por su parte, la artista austríaca Florentina Holzinger (Viena, 1986) transforma el pabellón de su país en una instalación performática permanente donde cuerpo, agua y tecnología dialogan con las problemáticas ecológicas actuales.
La presencia latinoamericana vuelve a ocupar un lugar destacado. Diversos proyectos abordan cuestiones vinculadas con la memoria histórica, los procesos coloniales, los saberes ancestrales y las relaciones entre territorio y comunidad. Entre ellos sobresale la participación de Sofía Gallisá Muriente (San Juan, Puerto Rico, 1986), centrada en la construcción de la memoria y los archivos visuales de Puerto Rico, así como la instalación Antifrágil de Margarita Whyte (Montevideo, 1936) en el Pabellón de Uruguay que hace un análisis sobre el paisaje, la materialidad y las formas de habitar el territorio.
El pabellón de Brasil reúne las obras de Rosana Paulino (San Pablo, 1967) y Adriana Varejão (Río de Janeiro, 1964), dos figuras fundamentales para pensar las huellas de la colonización y la construcción de identidades en América Latina. En el Pabellón de Artes Aplicadas, Gala Porras-Kim (Bogotá, 1984) profundizó sus investigaciones sobre patrimonio, conservación y conocimiento institucional.
Por fuera de los circuitos principales, el artista cubano Juan Roberto Diago Durruthy (La Habana, 1971) presenta una propuesta centrada en la historia, la diáspora y las transformaciones sociales contemporáneas. México se encuentra representado por el colectivo RojoNegro integrado por María Sosa (Ciudad de México, 1986) y Noé Martínez (Morelia, 1986) con una instalación titulada Actos invisibles para sostener el universo, que explora los vínculos entre memoria, comunidad y territorio.
Entre las participaciones más destacadas se encuentra la de la artista Sara Flores (Amazonía peruana, 1950), quien representa a Perú con su proyecto De otros mundos incorporando los diseños kené de la tradición Shipibo-Konibo para establecer un diálogo entre cosmologías amazónicas, saberes ancestrales y debates contemporáneos sobre identidad y representación.
El Pabellón Argentino está representado por el artista Matías Duville (Buenos Aires, 1974) con Monitor Yin Yang, una instalación monumental curada por Josefina Barcia. La propuesta consiste en un espacio intervenido con grandes toneladas de sal y carbón, además de sonido y video. La obra retoma preocupaciones recurrentes en la producción de Duville vinculadas con la transformación del paisaje, la catástrofe y la construcción de escenarios ambiguos. A través de una topografía oscura y cambiante, el artista convierte el pabellón en una experiencia inmersiva donde el recorrido del visitante modifica sutilmente la obra.
La presencia argentina se extendió además a través de Oscuridad visible: La larga sombra de la dictadura, una muestra paralela organizada por el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires (MAMBA) dentro de los Eventos Oficiales Colaterales de la Bienal. Presentada en Spazio Punch, en la isla de Giudecca, la exposición reunió obras de distintas generaciones para reflexionar sobre las consecuencias del terrorismo de Estado y la persistencia de sus huellas en la cultura contemporánea.
Abierta al público hasta el 22 de noviembre, esta Bienal, que refleja de manera notable el presente y abre debates actuales, aún puede continuar sorprendiéndonos en los próximos meses.







