Vi Toy Story -la primera parte- en el momento de su estreno en cines, en 1995, ya con 12 años a cuestas. Es decir, que técnicamente ya no era un niño, sino que estaba entrando en la adolescencia (¿pre-adolescente quizás?). Pero había algo en la película que me decía que la infancia podía ser eterna, o que más bien el corazón de uno podía ser infantil, quedarse en esa etapa de aprendizaje y crecimiento más puro todo el tiempo que uno quisiera, al menos durante el momento en el que uno estuviera en el cine. De repente, gracias a la pandilla de juguetes encabezada por el vaquero Woody y el astronauta Buzz, no solo podía revivirse, sino también recordarla de forma distinta y repensarla.

Es que Toy Story no es solo una saga sobre juguetes que tienen vida propia. Tampoco solo sobre lo lúdico, por más que su reflexividad sobre el acto de jugar y todo lo que ponemos en él tenga una enorme importancia en sus distintas entregas. En realidad, la cuestión del juego es un puente perfecto para explorar varios tópicos, que se entrelazan entre sí. En primera instancia, el de la amistad como un motor identitario tanto en lo individual como en lo grupal, un conjunto de lazos y códigos compartidos que hacen que los sujetos sean mucho más de lo que inicialmente son. Uno que, en el caso de Woody y Buzz, nace de una rivalidad vinculada con las inseguridades del primero y que luego se torna en un proceso de aprendizaje para ambos. Así es como construyen un liderazgo compartido, que implica un trabajo conjunto constante, un escuchar, delegar y soltar, porque hay una confianza que se haciendo indestructible.

El soltar es otro de los temas relevantes de Toy Story y que atraviesa toda la saga. Cuando hablamos de soltar, nos referimos a ese camino, muchas veces arduo, que va del apego al desapego, del poner a determinada persona (el humano Andy, en el caso de Woody) en el centro del universo y de querer su total atención, a darse cuenta de que hay que dejarla ir. De que el mundo es más grande y que esa persona va a tener, progresivamente, otros intereses, otras metas y otras personas en su vida. Que va a emprender un camino que no es el nuestro, lo cual no quiere decir que nos deje de querer. Toy Story 3 es probablemente donde queda más redondeada la tesis sobre estos dilemas, en particular con su última secuencia, donde la frase de despedida “Adiós, vaquero” cobra toda clase de resonancias sencillamente conmovedoras, en uno de los mejores finales de la historia del cine.

Aprender a soltar es también aprender a perder, lo cual no significa naturalizar la pérdida o el dolor, pero sí entender que son parte de la vida y del tiempo como elemento esencial de nuestra existencia, el entramado que configura nuestro pasado, presente y futuro. En Toy Story, crecer es, primero que nada, aprender a aceptar el paso del tiempo, a que hay eventos o situaciones que ocurren durante un período determinado y que no pueden volver a suceder de la misma manera. Por algo en la segunda parte el villano es un juguete que quiere retornar a un pasado idealizado y detener el tiempo en un museo, sin hacerse cargo de que hay cosas que han cambiado para siempre.

Del mismo modo, cada aventura es para Woody, Buzz y el resto de la pandilla un antes y un después, una sucesión de disrupciones que llevan a que nada vuelva a ser lo mismo, para bien y para mal. Y parte de la aventura es entender que es necesaria esa aceptación para evolucionar y seguir adelante, para no seguir parado siempre en el mismo lugar.

Aunque en el fondo, esta saga es una extensa y apasionante historia de amor y pérdida, que hasta tiene insinuaciones trágicas metidas entre las grietas de vicisitudes plagadas de humor y diversión. Lo romántico está presente, especialmente en la cuarta parte, que en el fondo es una historia de amor construida desde el reencuentro y el repensarse, para derivar a una despedida y al comienzo de una nueva etapa. Pero lo cierto es que cada cambio es un ganar y perder al mismo tiempo, lo cual explica el tono melancólico, cada vez más firme a medida que se acumulan las películas.

Toy Story 5 pone a prueba, una vez más, la fortaleza narrativa de sus personajes, que hasta ahora se han mostrado indestructibles, protagonizando incluso films, como Toy Story 3, que pueden ser considerados obras maestras. En un punto, se puede intuir que, para el estudio Pixar, la saga no es solo la joya de la corona y una fuente de éxito inagotable, sino también un refugio, ese hogar donde todo comenzó y donde todo puede salir bien.

También es una nueva oportunidad para acompañar a una nueva generación desde un universo feliz donde pueden aprender, crecer, madurar, querer al otro, construir una identidad, armar una forma propia de amistad, entender lo que se pierde y lo que se gana, darse cuenta de que el mundo es muy grande. Por eso nada mejor que ir al cine a ver otra entrega de Toy Story, para seguir creciendo sanos y fuertes.