
A los 102 años, murió Eva Marie Saint y con ella toda una época, uno de los últimos rastros del período clásico del cine norteamericano, ubicada de los cincuenta y el sesenta. Esa que revelaba tensiones entre el artificio propio de las dos decadas anteriores y ciertos intentos de realismo que dialogan con los movimientos renovadores del cine europeo, como la Nouvelle Vague y el neorrealismo italiano que decantaría en el Nuevo Hollywood con cineastas como Francis Ford Coppola, Martin Scorsese, William Friedkin, George Lucas y Steven Spielberg.
El legado de Saint se construyó entre los cincuenta y los sesenta, donde se concentró la parte más relevante de su filmografía. O, más bien, si nos ponemos específicos, entre 1954 y 1959, con dos películas que resumen en gran medida los matices estéticos del momento y que ayudan a explicar el tránsito histórico mencionado. La primera es Nido de ratas, de Elia Kazan, un acto de expiación por parte del realizador por haber delatado a colegas durante la caza de brujas del macartismo. También es un análisis de los dilemas morales que pueden atravesar a un individuo como el protagonista, Terry Malloy (Marlon Brandon), un ex boxeador que empieza a cuestionarse sus vínculos con sus corruptos jefes sindicales. Al mismo tiempo es un retrato preciso del tejido urbano de los espacios portuarios como delimitantes de una identidad para un conjunto de personas que pueden desarrollar códigos y lenguajes propios a partir del paisaje que habitan.
En ese contexto, la actuación de Saint, que hasta ese momento solo había acumulado múltiples trabajos en series y películas para televisión, es un ejemplo de construcción de lo femenino. Su personaje, Edie Doyle, hermana de una víctima del sindicato portuario, es la que sacude la consciencia de Malloy y lo interpela sobre sus actos del pasado y su pasividad en el presente. Lo llamativo es que Saint, ya con treinta años, supo interpretar a una joven que en la ficción tenía 19 y otorgarle una presencia donde se fusionaban en dosis equilibradas la madurez anticipada con la ingenuidad transformada en idealismo.
A pesar de que en el argumento tenía un rol protagónico, el productor Sam Spiegel llevó a cabo una jugada muy inteligente para los Oscars: postuló a Saint en la categoría de mejor actriz de reparto (la principal resultó muy competitiva, con nominaciones para Grace Kelly y Judy Garland), en la que terminó triunfando.

La segunda película es Intriga internacional, clásico indiscutible de Alfred Hitchcock. Estrenada en 1959, es un ejemplo absoluto de cine-espectáculo, un mecanismo de entrenamiento aceitado, en el que todas las partes funcionan a pesar de que todo lo que lo compone es pura arbitrariedad. Un ejemplo paradigmático es la secuencia donde Roger Thornhill, el ejecutivo publicitario interpretado por Cary Grant que es confundido con un agente del gobierno por un grupo de espías extranjeros, debe escapar de un avión que intenta ametrallarlo desde el aire. Es totalmente absurda si la pensamos dentro de la trama, pero aún así brillante.
Dentro de todo ese artificio, que desconcierta tanto al espectador como al protagonista, la mujer interpretada por Saint, de la cual se enamora Thornhill, contribuye a esa ambigüedad: no sabemos dónde está su lealtad, aunque no podemos evitar caer también en su hechizo. A su manera, ella es una película dentro de la película, un vehículo a un mundo donde lo desconocido y las mascaradas pasan a ser las reglas dominantes.

De la década del sesenta hasta principios de los setenta, Saint iría sumando roles en una variedad de géneros: la épica bélica en Éxodo (1960) de Otto Preminger; el thriller político en 36 horas de suspenso (1964) de George Seaton; el drama romántico en Almas en conflicto (1965) de Vincente Minelli. También la comedia negra en ¡Ahí vienen los rusos, ahí vienen los rusos! (1966) de Norman Jewison; el drama deportivo en Grand Prix (1966), de John Frankenheimer; y la comedia dramática en Loving (1970), de Irvin Kershner. Esa versatilidad genérica se trasladó a sus composiciones: siempre interpretó personajes con matices que salían de lo meramente objetual y que hacían avanzar las narraciones.
En las décadas siguientes, Saint volvió al lugar desde el que salió: la televisión. Apareció en una multitud de series y miniseries de distintos rangos, para retornar al cine, de manera esporádica, recién en el nuevo milenio. Su papel más destacado fue el de Martha Kent, la madre del Hombre de Acero, en Superman regresa (2006) de Bryan Singer. Para ese momento ya tenía más de ochenta años auque transmitía una edad mucho menor. Había en ella una juventud que trascendía el paso del tiempo y que estaba lejos de lo artificial. No está mal recordarla así: eternamente joven, porque era una actriz capaz de trascender en la memoria.

