
Se estrena una nueva adaptación de Cumbres borrascosas y la discusión se renueva por diferentes vías: ¿cuán fiel es a la novela de Emily Brontë? ¿los protagonistas elegidos son los adecuados? ¿traslada el espíritu del relato? ¿acierta al trasladar los temas y atmósferas del libro? ¿es mejor o peor que otras adaptaciones? Son todos interrogantes válidos, que se potencian por el alto perfil de este film, que tiene a una estrella ya consolidada como Margot Robbie y a otro en ascenso como Jacob Elordi en los protagónicos, además de ser escrito y dirigido por Emerald Fennell, una realizadora que parece moverse cómoda en el territorio de la polémica, como ya lo dejó en claro con Hermosa venganza, por la que se llevó el Oscar al mejor guión original.

Pero lo cierto es que las argumentaciones a favor o en contra de la película que se estrenó en cines el último jueves, están dadas por el peso de un texto literario que, a casi 180 años de su publicación, conserva intacto su atractivo. La novela de Brontë, que tuvo que firmar bajo el seudónimo masculino de Ellis Bell debido a las dificultades que afrontaban las mujeres a mediados del siglo XIX para ser aceptadas en el ambiente literario, fue subestimada en el momento de su publicación, con críticos calificándola como burda y salvaje. Sin embargo, el paso del tiempo la consagró como una de las representaciones más acabadas del romanticismo inglés, una importantísima obra de la época victoriana y una de las cumbres de la literatura gótica. Y eso fue en buena medida por los calificativos despectivos con los que juzgó a la pluma de Brontë, que no pudo disfrutar de su progresiva reivindicación, ya que falleció en 1848, al año siguiente de entregar al mundo una obra irrepetible.
Porque Cumbres borrascosas es, a su modo, burda y salvaje, casi un folletín que anticiparía modos del melodrama y hasta de la telenovela. Lo sentimental es uno de los factores dominantes para las acciones de sus personajes, que actúan en la mayoría de las ocasiones impulsados por un cálculo que es un disfraz para sus emociones, prejuicios e historias previas. En particular el personaje principal, Heathcliff, discriminado y maltratado por la familia que lo adopta, herido en su orgullo por no poder casarse con la mujer a la que ama e impulsado por el rencor, decide emprender una venganza cuidadosamente planificada. Una que implica quedarse con las propiedades de quienes hicieron su vida miserable, aunque eso lleve a obturar toda chance de alcanzar la felicidad para él y la persona de la que se enamoró. Su tragedia la construye casi a consciencia porque lo pueden más sus impulsos más bajos y crueles, y solo a través de terceros, cuando ya no está más en este mundo, es que alcanzará una leve redención.

Pero Cumbres borrascosas no se limita a contar esa historia de emociones desatadas de manera lineal, sino que introduce elementos narrativos y estéticos que la convierten en una obra compleja y subyugante. Primero porque la historia la vamos conociendo por terceros, observadores de los cuales no podemos confiar del todo, lo que lleva a que como lectores nos estemos cuestionando la verosimilitud de todo lo que se cuenta, casi como si ingresáramos en el territorio de lo mítico. Pero, además, porque los espacios y paisajes - empezando por la finca que le da nombre al libro- se compenetran con los sucesos y sus protagonistas. Es decir, la naturaleza y la arquitectura pasan a ser protagonistas que están en pie de igualdad con las personas, contribuyendo a una estética desbocada, porque lo racional es invadido por lo instintivo, lo primitivo y lo instintivo. Nadie controla realmente lo que hace, ni siquiera Heathcliff, con sus planes meditados durante años de rencor. Y eso habilita la entrada de lo sobrenatural, o más bien de lo fantasmal, con toda su carga inexplicable e irracional, que colisiona con lo terrenal, poniéndolo en crisis, pero no por capricho, sino como vía para conmover al lector.
La de Cumbres borrascosas es de esas historias “más grandes que la vida”, fruto de la mente y el corazón de una autora supo tomarse todas las libertades posibles, rompiendo con una multitud de paradigmas y creando otros al mismo tiempo. Eso explica que su relato se haya convertido en un molde para muchos otros y que pueda adaptarse a múltiples escenarios y modalidades. Por algo un realizador siempre rupturista y experto en generar incomodidad como Luis Buñuel lo adaptó en Abismos de pasión, una de sus mejores películas de su etapa mexicana. Como buen surrealista, Buñuel adoraba el “amor fou”, esa expresión francesa referida a los romances intensos, enfermizos y (auto) destructivos. Y quizás todos nos sintamos atraídos por esa clase de historias porque, en ocasiones, al enamorarnos perdidamente nos hemos sentido al borde de la extinción, perdidos por completo en nuestras emociones. Podrá pasar el tiempo, siglos y milenios, pero difícilmente eso cambie, y por eso Cumbres borrascosas es una novela inmortal.