“Un joven golondrina” vuela, traspasa geografías y, si bien ancla sus acciones en un pequeño pueblo del sur argentino, sus temas atraviesan tiempo y lugar, a modo de saeta.

La transversalidad podría hacer dislocar la territorialidad e insertarse en otros parajes. Laura Santos, su autora y directora cuenta cuál es el germen de esta obra: “En los veranos en Cipoletti, en las chacras con la cosecha de la fruta, con los trabajadores golondrinas, con la explotación, la charla con los vecinos, la observación y contemplación de territorio, cuando escribo tengo mucho de eso. El texto surge de una convocatoria del Royal Court Theatre para dramaturgos de Latinoamérica y la consigna era escribir sobre un tema urgente y contemporáneo en nuestro país. No había pasado un año del “Ni una menos” y pensé y lo sigo pensando diez años después, que ese era el tema”.

¿Es una obra costumbrista? Podría ser si se considera los decires pueblerinos de los diálogos, pero desborda esa categoría denunciando temas como el femicidio, el maltrato animal, el trabajo precarizado, la destrucción de la naturaleza, la ilusión juvenil truncada por la muerte, la impunidad y la injusticia. Se podría restaurar lo de “pueblo chico, infierno grande” pero sería minimizar la explosión de sentidos que propone, dado que problematiza un sistema de producción de raigambre tradicional, encarnado por los trabajadores golondrina que van en busca de un futuro o un presente mejor, trabajando para grandes empresas que difícilmente traicionen su tendencia de abuso de los derechos laborales. Llevan consigo su tonada y cierta identidad mancillada por la desconfianza que los transformarán rápidamente en chivos expiatorios de delitos cometidos por los locales. El estigma está instalado y el peligro se hace cuerpo en los que vienen “de afuera”.

Un accidente vial, el vuelco de un camión cargado de hacienda es el desencadenante de una brutal matanza de ganado y el desarrollo de la trama. Por cierto, muy bien resuelta la puesta en escena con sombras de fondo -todo es sombrío en esa instancia- y arreglos musicales que suman dramatismo a ese matadero a cielo abierto, mostrando con nitidez la crueldad humana.

La escenografía logra resolver el desafío para dar cuenta de grandes extensiones de campo, la faena, un almacén, la orilla de un río, un boliche, ensamblando lo espacial, lo narrativo, el vestuario y los efectos sonoros con un resultado estético cuidado, ¿podría aventurarse poético?, “una película espectacular”, en palabras de su autora, que agrega: “desde el momento en que escribí esta historia supe que era super compleja por múltiples cosas, muchos actores, personajes, una obra que para una película está buenísima pero para el teatro pasa por un montón de lugares, interior, exterior, noche, día; a su vez, la dificultad de la faena, del camión de vacas, un cuerpo que desaparece, había que componer un cuadro con distintos lenguajes. Su montaje previo en Berlín, me ayudó a tomar decisiones”.

En el medio del tumulto de la ruta, un ternero que será llamado Corazón es rescatado y puesto a salvo por las dos jóvenes protagonistas de la obra, Mora y Belinda. En plena faena, sobre los pastizales, en donde “los yuyos se chupan la sangre”, desaparece Mora. La autora relata sobre los personajes duales de Mora y Corazón: “Me interesaba contar el maltrato y la violencia en estos dos seres paralelos, la industrialización descarnada y desmedida del consumo de carne y la violencia contra las mujeres. Esos cuerpos a disposición del consumo, el de las mujeres y el del ternero”.

La búsqueda de la joven muestra el entramado pueblerino, un madre que no aparece nunca en escena, la amiga en una búsqueda desesperada y auxiliada por el enamorado joven golondrina, las tías de la amiga, dueñas del único almacén de la zona, el feroz capataz de la empresa frutícola, una prostituta querible y dada al trueque de influencias y un borrachín, casi un vocero testimonial del pueblo que no cesa de decir verdades. Laura Santos aporta la suya: “Creo que es un obra importante en este contexto, desde que la empecé a escribir a hoy, no ha cambiado nada lamentablemente. Siento que lo que cuenta, sigue teniendo un lugar”. Una puesta que logra insertar con suma destreza, belleza estética y narrativa, en el horror.