Así presenta Sergio Wolf esta sección: A veces nos descuidamos y nos sorprendemos pensando que la historia del cine, más que la de los usos de las técnicas, es la historia de su progreso. Y en esa confusión el estado del mundo elige ver una convicción. Pero la propia historia del cine ha dejado en claro que aquello que quedó al margen de las autopistas principales ha motivado siempre la curiosidad de los cineastas, que vuelven sobre esa historia que parece única pero siempre es múltiple. Cuando Federico Ransenberg me mostró sus “juguetes ópticos”, la fascinación vino entrelazada con el recuerdo del libro Una juguetería filosófica, de David Oubiña, que me había impresionado. Me había impresionado por todo lo que sacaba a la luz sobre esa otra historia de la técnica previa al comienzo del cine, y por cómo esa otra línea desconocida, o conocida parcialmente, obligaba a pensar no ya en una arqueología, sino en el presente, en esa facultad de producir pensamientos que estaba en ese relato legendario y emocionante. Los “juguetes ópticos” de Ransenberg venían a escenificar esas hipótesis teóricas a través de una mecánica lúdica. El efecto hipnótico dio paso al deseo de filmarlos, y ahí la fantasmagoría se duplicaba en el problema de cómo capturar eso otro, esa materia fantasma que solo el ojo podía ver, con su proverbial (d)efecto retiniano. Si esa historia sepultada estaba marcada por la dificultad de la captura a través de la técnica, la filmación nos devolvía –como en una cinta de Moebius– a esa misma situación. Estos tres cortometrajes (titulados La materia fantasma I, La materia fantasma II y La materia fantasma III ) tienen un plano cada uno, y el desafío consistía en lograr producir con apenas esos tres planos otros tantos viajes, a través de los tres tiempos que el cine siempre pone y pondrá en juego.

Última fecha

sáb

25

abril / 2015

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