Cuando leí la obra de Victoria Varas sentí que la había escrito yo, aunque no nací en un pueblo de Córdoba ni mi historia personal se parece a la de Inés, su protagonista.

Pero yo las conocía a esas tías, a esas mujeres, a ese mundo, a esas voces. Algo nos trasciende. ¿Un discurso? Un lugar ¿común? ¿Una narrativa? Meterse de lleno en ese patio, en ese torbellino de palabras donde un puñado de mujeres con la fuerza de un tornado se recuerdan, se proyectan y se relatan a sí mismas, ancladas en un sábado eterno, es un viaje a una historia compartida. Darle (más) vida a entrañables personajes que conmueven y nos inundan de mundo.

Y está Inés, buscándose entre esas mujeres, queriendo romper el hechizo y salirse de ese tornado, para finalmente llevarse ese universo con ella, volverlo poesía, letra de canciones, obra de teatro. Así llegamos a Reinas Abolladas, un recorte filoso y bello de nuestro mundo. (Azul Lombardía).

Inés vive en un mundo fluorescente y pequeño, como el centro de un girasol transgénico. Apenas caben un novio, cinco madres, amigas trasnochadas, pósters, botellas, la bicicleta y una caja con casetes.

El milenio recién empieza, hace calor y algo está a punto de desmoronarse. Comienzan a llegar noticias del afuera a bordo del caballo más joven y más veloz de la galaxia: el internet. En el box de un ciber, Inés busca fotos de estrellas de rock, precios de pasajes, licenciaturas, efectos residuales de la cocaína, imágenes de ciudades capitales.

Su mamá, sus tías y su abuela siguen como si nada, ahí en el patio, construyendo la historia verborrágica de un linaje de reinas abolladas. Hablan, hablan y hablan, pero no dicen nada de lo que Inés necesita saber: ¿Qué hacer cuando el amor toma la forma de una bestia desquiciada? (Victoria Varas).

Última fecha

do

26

septiembre

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