Praxis presenta Iridiscente. Repetición y diferencia, la pintura (automática) de Alejandra Barreda.

Una línea que le sigue a otra línea, un color que viene después del otro, es el modelo compositivo de Alejandra Barreda. Repetición y diferencia, de cuadro a cuadro, para establecer las condiciones para la transformación creativa de las categorías. Una paleta controlada por el uso: nunca habrá dos colores iguales juntos y las separaciones, a distancia de seis, dan comienzo una vez más a la serie. Esas que parecen tender hacía lo extenso, a lo indeterminado de la forma. Una pincelada tras otra para cubrir la superficie de la tela que se une con la otra pieza, que se expanden y funden hacia la pared.

Una pintura automática, pero realizada por la mano de una única artista. Sin embargo, el gesto de Barreda podría leerse en el sentido del carácter inagotable, del movimiento ininterrumpido de una ondulación a otra, marea ilimitada de un azar controlado. “Tendrás todos los colores”, parece haber sido la promesa. Sin embargo, el pacto va más allá de la cantidad: es el color como todo y como origen. Es la posibilidad misma del color para las vueltas que formarán ese lenguaje incalculable, inmenso, ilimitado en combinaciones, que se va haciendo en cada onda vibrante.

Las versiones de una variación constante en las obras de Barreda que, a la luz de la escritura automática, además refieren a lo que de divertimento hay en ese gesto. Algo de juego, un poco de fortuna, contingencia, hasta capricho, para liberarse de algunas de las maneras de lo figurativo y ofrecerse, entregarse, al movimiento que es pura pasión. En todo caso, las curvas y olas que describe Barreda con sus colores plenos y los iridiscentes serán las cintas de un tejido, el reverbero y la irradiación de una intensidad sonora, el reflejo, solana y refracción del deseo que se escurre.

Es esa Igualdad de frecuencia, la sintonía entre los planos que serán mirados, la que devela la exigencia de su autora. La de dar un repertorio de composiciones posibles, ligeras alternancias e pequeñas innovaciones, con la certeza de que la búsqueda es la de aquello que no puede ser buscado. “La puesta a prueba de lo que no se prueba”, escribirá Blanchot, para concluir que la poesía de la escritura automática nos pone en contacto con lo inmediato. Sin embargo, lo inmediato no es lo cercano en los términos de lo que tenemos a mano, sino en lo que nos conmueve. Hacer posible para la pintura, lo que el poeta francés René Char, signatario del Segundo Manifiesto, entendía para el poema: El poema es el amor realizado del deseo que sigue siendo deseo.

Artistas: Alejandra Barreda //

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